lunes, 28 de junio de 2021

Cumpleaños sin memoria


 Poema de Ángeles Mora


Ya sin ninguna coquetería, 

se ignora en el centro de la foto.

La que fuera bella entre las bellas,

no se mira al espejo,

no sabe que la peinan.

La que siempre dispuso

el fluir de las cosas.

La que reía, la que cantaba.

La voz de la casa.

Voz perdida hoy

en los huecos de su memoria,

viva en la mía.

Ahí está, ausente

en el centro de la foto,

rodeada de sombras familiares.

Brillantes los ojos, 

como brilla el olvido

contemplando

las velas encendidas de la tarta.


ÁNGELES MORA

domingo, 6 de junio de 2021

Borges: el olvido que seremos

 



Ya somos el olvido que seremos.
El polvo elemental que nos ignora
y que fue el rojo Adán y que es ahora
todos los hombres, y que no veremos.

Ya somos en la tumba las dos fechas
del principio y el término. La caja,
la obscena corrupción y la mortaja.
Los ritos de la muerte, y las endechas.

No soy el insensato que se aferra
al mágico sonido de su nombre.
Pienso con esperanza en aquel hombre

que no sabrá que fui sobre la tierra.
Bajo el indiferente azul del cielo
esta meditación es un consuelo.


Jorge Luis Borges


 

Imágenes: Christian Schloe

sábado, 10 de abril de 2021

Palabras de agradecimiento

 



Gracias por el Premio de la Crítica de Asturias 2021 a mi novela Nunca fuimos Ingrid Bergman. 

Quisiera iniciar estas palabras con un agradecimiento expreso a la entidad que organiza los premios de la Crítica, la Asociación de Escritores de Asturias; a su presidenta, Doña Esther García López, y, muy especialmente, a los miembros del jurado, por considerar que mi trabajo era merecedor de este galardón. También deseo felicitar a todos los premiados en las distintas modalidades.

 Aunque he escrito anteriormente poesía y relato, creo que la novela es el género que mejor documenta la intimidad, la historia cotidiana, eso que Unamuno llamaba la intrahistoria, por eso escogí este género para escribir Nunca fuimos Ingrid Bergman

Como autora, me interesaba recrear situaciones del pasado, hechos anclados en el olvido que no existirían a no ser que alguien los rescatara a través de las palabras. Considero que ese es el mejor motivo para escuchar, contar o  escribir  historias, algo que nos define como especie, porque un libro contiene a hombres y mujeres que nos habitan por dentro, que nos contienen a nosotros mismos y hacen que nos descubramos en ellos, aunque sean personajes ficticios. 

Creo que en ese momento la literatura deja de ser algo epidérmico y superficial, y cobra un sentido profundo. Es entonces cuando la lectura remueve y  engancha; deja de ser una afición para convertirse en una necesidad.

Leer y escribir se parecen mucho al gesto de abrir puertas y ventanas. Significa ventilar la casa, asomarse a otra realidad, ser capaz de ponerse en la piel del otro… Gracias a la ficción hemos podido asomarnos a las vidas de los héroes y antihéroes que habitan las páginas de nuestra historia literaria. Una frase de Rosa Montero explica perfectamente esa insobornable necesidad de literatura: “Dejar de leer representaría para mí la muerte instantánea, sería como vivir en un mundo sin oxígeno.”

Para terminar, me gustaría agradecer a todas las personas amigas su ayuda en la consecución de este proyecto y, en especial, a Juan Carlos, sin el que me habría resultado imposible escribir este libro. Gracias también a mi madre, Carmen, que era una magnífica narradora y  me transmitió, desde que era pequeña, su pasión por la literatura.

Muchas gracias a todos. 

Carmen Cabeza Martínez

 


sábado, 13 de marzo de 2021

e los Premios de la Crítica y las Letras

 



Ayer, 12 de marzo, se entregaron en el Aula Magna de la Universidad de Oviedo los Premios de la Crítica 2020, concedidos a las obras publicadas en el 2019  por autores asturianos o residentes en Asturias.  

He tenido el placer de recibir esta estatuilla por mi primera novela, Nunca fuimos Ingrid Bergman. Fue un honor para mí recoger el galardón  (la escultura Apolo, diseñada por el recientemente fallecido Jaime Herrero) y compartir la tarde con los premiados en las demás modalidades, el público asistente y los miembros de la Asociación de Escritores de Asturias. Una jornada inolvidable. 

¡Muchas gracias a todos!

miércoles, 30 de diciembre de 2020

XX Premio de la Crítica de Asturias a la novela "Nunca fuimos Ingrid Bergman"

 


 
La Asociación de Escritores de Asturias otorga el XX Premio de la Crítica en la modalidad de Narrativa en Castellano a la novela Nunca fuimos Ingrid Bergman, de Carmen Cabeza Martínez
 
Reunidos en Oviedo el jurado formado por: Mirta Chamorro Mielke, Adolfo Casaprima Collera y Marcelo Matas de Álvaro, y actuando como secretaria, con voz pero si voto, Julia Urdiales Puerta,      acuerdan conceder el premio de La Crítica a la novela titulada "Nunca fuimos Ingrid Bergman", de Carmen Cabeza Martínez. El jurado ha valorado, entre otros aspectos,  la profundidad descriptiva de los personajes, la riqueza  del lenguaje y la emotividad de las secuencias narrativas. Todo ello da como resultado una novela completa y de amena lectura. El jurado destaca, además, la calidad de las novelas presentadas.
 
Oviedo, a 14 de diciembre de 2020
 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Reseña de Marcelo Matas de Álvaro


 


Reseña de Marcelo Matas de Álvaro  (diario El Comercio,  11 de diciembre del 2020)

 

En busca de la identidad

La escritora ovetense Carmen Cabeza recibió el Premio de la Crítica de Asturias 2015 en la modalidad de Narrativa en Castellano por su obra  Raquel bajo la lluvia y otros relatos (CSED ediciones, 2014), un conjunto de narraciones cortas que incluía relatos de ficción, referencias de viajes, artículos periodísticos, críticas literarias y cinematográficas. Además de la calidad de los relatos, de aquella miscelánea destacaban las entradas dedicadas a autores como Tennessee Williams, Martín Santos o las hermanas Brontë. Esta facultad para la crítica, para realizar un análisis que consiga abrir al lector hacia una nueva perspectiva en el entendimiento del autor y su obra, es también de la que se sirve Carmen Cabeza para edificar, utilizando una estructura en la que no se advierte el necesario andamiaje, la novela Nunca fuimos Ingrid Bergman (Ediciones Nieva, 2019).

Así, una narración que podría haberse frustrado por la concurrencia de ciertos elementos demasiado presentes en las tramas novelescas  —la orfandad de la narradora, la infancia con sus abuelos, el duro pasado de la familia condicionado por las miserias de la guerra civil, el abuelo preso en la posguerra, una mujer a la que hacen pasar por loca por atreverse a denunciar el maltrato de su marido, el salvaguardas del estraperlo, el aprovechamiento de la situación de necesidad por un personaje adicto al régimen, quien pone un piso a una de las tías de la narradora y, más tarde, perpetra el hecho clave de la novela— no solo se salva con creces, sino que logra relevancia literaria gracias a la estructura narrativa que la configura. Es la elección del punto de vista  —principal problema a resolver en una obra, según Henry James—  el que otorga sentido narrativo a esta novela. La narradora escribe desde la soledad y la lejanía de una cabaña situada en una pequeña ciudad de Finlandia. A la vez que va reflexionando sobre su presente, va rescatando trazos de una memoria que le ayuden a ahuyentar el miedo.  A través  de breves pasajes que, a modo de flashbacks cinematográficos, la autora va ensamblando como en una película de imágenes pasadas, va componiendo la historia que ha determinado su vida, una historia que se cierra  definitivamente cuando va recibiendo las cartas que su tía Charo (la amante del personaje adicto al régimen) escribió en los años 50 desde La Habana a su abuela, y en las que se revela el oculto origen de la narradora. Este distanciamiento físico y temporal es el que permite —en aparente paradoja— a la narradora acercarse a su pasado para lograr resolver ese enigma de su identidad que jamás se atrevió a imaginar.

Carmen Cabeza tiene esa cualidad de conjugar una sólida estructura narrativa con la articulación de una prosa bien perfilada, a menudo nutrida con imágenes que vigorizan el sentido de lo contado. Nunca fuimos Ingrid Bergman tiene ese poso de melancolía habitado en las vidas de unas mujeres que alguna vez soñaron con la belleza y la felicidad de ser personajes de ficción, como la actriz sueca que aparece en el título del libro; mujeres que tuvieron la certeza de que sus hombres las abandonarían tarde o temprano por el ardor de los campos de batalla, por la aventura…; mujeres que, como la narradora, tendrán que cargar para siempre con el dolor del pasado, y no solo porque no pudieron ser Ingrid Bergman, ni poseer la cualidad evanescente de su pelo, ni su sonrisa, que le fruncía el rostro como una flor asimétrica.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Sobre un cuadro de Edward Hopper


Creo que un cuadro acaba perteneciendo a los ojos que lo contemplan.  Escogí "Dauphinee House" porque, como todas las pinturas de Hopper, contiene un montón de elementos que te hacen imaginar una historia. 

A primera vista, el cuadro evoca una alegría  aparente. En una primera ojeada atrae la brillante amalgama de tonos cítricos, verde lima, menta, amarillo cadmio… Pero en una segunda mirada podías descubrir algo menos risueño. Porque más allá del azul cian y el esplendor en la hierba (Wordsworth dixit), por encima de la reluciente pradera, hay una casa cerrada que se adivina primorosamente blanca, y que, para mí, constituye el núcleo de la historia.

Pensé que más allá de albor, de la perfecta gradación de azules: índigo, celeste, añil…, más allá del lavanda y el azul de Prusia, podía olerse el mar, tal vez  en un probable acantilado detrás de la casa, un mar poderoso, imperceptible a la vista. De ahí la turbulencia.

Porque, tras la aparente placidez, se percibe una amenaza cierta, palpable sobre todo en la silueta de los árboles, en ciertas formas extrañas que poseen una quietud siniestra, algo que recuerda a los pájaros de Hitchcock, una negrura de cuervos posados en los árboles que otorgan a la imagen una cualidad inquietante.

Y llegados a ese punto, creo que todos podríamos sentir que habitamos en esa casa sitiada; todos podríamos  reconocernos a nosotros mismos en  ese refugio contra las sombras, y sentir el palpitar de esa casa que se enfrenta al miedo cada día, desafiándolo con gestos cotidianos. Cotidianas e invencibles rutinas como el horario de los trenes, el café de la mañana que conjura la soledad de una jornada igual que la anterior, el olor a  pan caliente, la belleza de unas flores recién cortadas..., esa lluvia de detalles que, sin embargo, no sirven para que desaparezcan las sombras, porque todos sabemos que cada vez que los habitantes de esa casa imaginaria se asomen a la ventana, volverán a ver a los pájaros, y que los pájaros, como aves de mal agüero, continuarán en el mismo sitio,  imperturbables, tercos, como  manchas troquelando de suciedad el horizonte, amenazando la felicidad y los sueños...

Carmen Cabeza