jueves, 17 de noviembre de 2016

De la belleza literaria...




En su ensayo La filosofía de la composición, Edgar Allan Poe reflexiona, en unas páginas no exentas de ironía, acerca del método más idóneo para escribir un poema. Textualmente dice:
 
“Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren que la gente crea que escriben bajo una especie de frenesí, de intuición extática. Pero, si echáramos una ojeada tras el telón, contemplaríamos los entresijos, la vacilación y el artificio que, en el 99% de los casos, caracterizan el trabajo del escritor”

 ¿Es cierto que la belleza depende fundamentalmente de la estilística, de la maquinaria retórica, de conceptos como la musicalidad, el ritmo, la connotación…, o existe otra medida, algo más allá del mero virtuosismo? ¿Habrá vida después de las metáforas?

 En el extremo opuesto a Edgar Allan Poe se encuentra el poeta inglés Coleridge, que confesó haber concebido su poema Kubla Khan durante el sueño, bajo la influencia del opio. En cuanto despertó empezó a escribir, de forma prácticamente automática, los versos que había soñado previamente.




Exageraciones aparte, hay más autores que relacionan el germen de lo literario con una función “esotérica” del lenguaje, una suerte de ciencia infusa relacionada con términos como magia o “revelación”, que sustituye al ya periclitado “inspiración”.

 Nos gustaría poseer la sustancia y la forma, el contenido y el continente, desentrañar la inaprensible materia con que se teje la belleza. Si el poema hace posible sentir lo impalpable, si consigue hacer visible lo invisible, nos gustaría encontrar el secreto, conocer la clave o proporción áurea capaz de captar esa magia, como si se tratase de un mecanismo matemático, capaz de generar textos exquisitos que aúnen intensidad y perfección a partes iguales.

 Pero creemos que eso es imposible. Y como decía el maestro, Jorge Luis Borges:

 “La belleza es ese hermoso misterio que ni la psicología ni la retórica pueden descifrar”
 

CARMEN CABEZA

viernes, 30 de septiembre de 2016

Kate O`Callaghan


 Mi padre, el granjero John O'Callaghan, nació en el condado de Drogheda. El abuelo Sean se había arruinado en la hambruna del 54 y murió antes de cumplir los cuarenta. 
Mi madre, Rosie O'Connor, una campesina de Galway, parió diez hijos en total, pero solo seis sobrevivimos al primer año de vida.
Fuimos emigrantes. Cambiamos los verdes valles irlandeses por las resecas llanuras de Pensilvania. Tuvimos una travesía siniestra en un barco que hacía el trayecto Cork- Baltimore y, tras unas semanas interminables desperdigados por trenes malolientes, llegamos a Pittsburgh una fría mañana de noviembre. Nos instalaron en unos barracones que la compañía minera reservaba para los que llamaban "cerdos irlandeses".
La gente, por lo general, nos consideraba escoria. Los negros nos despreciaban; los blancos también nos despreciaban. No hacíamos más que trabajar durante horas y ganar una miseria. Había mucho trabajo en las fábricas, que contrataban mano de obra barata para la elaboración  en serie de maquinaria ligera. Aquella fue la peor época de mi vida. Vivíamos en un suburbio rodeado de naves industriales que escupían constantemente su porquería a través de las chimeneas.
Mi hermano Johnny y yo crecimos entre el polvo de carbón de una ciudad renegrida, con el agrio sabor de la mina en los dientes, y nos juramos salir de aquel infierno al precio que fuera.
No tuvimos que esperar mucho. 

Un día me encontré con Mary O'Brien, una antigua compañera que había dejado la fábrica meses atrás. Iba muy ben vestida, con la boca pintarrajeada, y me dijo que había encontrado trabajo en un antro de mala muerte en Black Street...  

  (Continuará)


Texto: Carmen Cabeza
Foto : Carlos de Paz

miércoles, 3 de agosto de 2016

Un poema de Fernando Beltrán



 LA GABARDINA DE MI PADRE


La que se cae a trozos,
la que uso todavía cuando viajo al norte,
como se aferra el don de un comodín.


Recuerdo que al probármela 
descubrí en sus bolsillos caramelos de menta
y un papel con los últimos recados.


Miel, manzanas, dos paquetes de Kleenex,
unas pilas de larga duración
que no cumplieron nunca su promesa,
y una nota final: Librería Hiperión.

Aún tiemblo.

Mi padre que pensé no había leído nunca
los libros que escribí,
los conocía todos, me dijeron, los compraba frecuente,
me dijeron, y elegía con pausa, me dijeron,
en función del regalo y la persona
a quien quería hacérselo, su médico, vecinos,
sus amigos, a cada cual un título.

No podía creerlo.
Yo experto en sus silencios, él experto en mis fríos.
Dos buscándose, y nunca.
Así la vida


Poema del libro HOTEL VIVIR, de Fernando Beltrán
Imagen: Rafal Olbinski



viernes, 1 de julio de 2016

EL CAMINO



Roncesvalles era el presagio. El inicio. Un punto de partida que poseía la belleza de una piedra milenaria.
El verde profundo de los bosques que bordeaban el camino ofrecía sendas umbrías, tentadores recodos en los que apetecía detenerse, porque, al fin y al cabo, salirse del camino programado no solo resultaba fácil sino fascinante. Entretenerse, merodear, dibujar meandros en nuestro recorrido, era como descubrir otro viaje distinto: el del azar, el destino, el libre albedrío...
La curiosidad nos impulsaba a demorarnos por vericuetos desconocidos, a dar un rodeo y perdernos por espacios diferentes a los que figuraban en nuestra hoja de ruta. 



Uno se imagina que el desplazamiento en el espacio es también un viaje en el tiempo, un viaje que nos ofrece la posibilidad de recalar en el medievo, respirar el recogimiento de la iglesias románicas e impregnarnos de la sacralidad del canto gregoriano... El camino de Santiago nos hace imaginarnos a nosotros mismos hace cientos de años, en compañía de peregrinos occitanos, ministreles, trovadores, tedescos y vascones, cantadeiras venidas de allende los mares, peregrinos que compartían el pan, el vino y la olla podrida de los monasterios, que dormían en la comunidad de las frías estancias abaciales, oliendo el humo de las hogueras que ardían por doquier y escuchando los cantares de gesta de boca de los juglares y de los músicos...

Ese camino iniciático había comenzado en Roncesvalles, pero no teníamos ni idea de dónde terminaría. Algunos pensábamos que no finalizaría jamás, que lo recorreríamos más allá de Finisterre, más allá del océano, una y otra vez, quizá hasta más allá de la muerte...

Carmen Cabeza

jueves, 23 de junio de 2016

LA ESPERA



"A  Jaime, aquel enamorado de inagotable paciencia que esperó toda una vida por Marlene"


Jaime, perdido, sufre la tormenta de las horas bajo sombras de hojalata, asfalto por zapatos, bolsas de basura gris, y la noche, como un guante de cuero que se traga coches, semáforos y gráciles sirenas que pasean medias de cristal, le besa en la nuca.

Jaime, desesperado, espera a Marlene bajo la lluvia, verde como su boca, roja como el beso de Marlene, ámbar  como los ojos del recuerdo, y el agua es tan espesa que se convierte en un mar de expectación, y el tiempo es tan grande, se ha ensanchado tanto, que se impregna de un olvido tenue y oxidado como las tuberías de esta ciudad. Y, así, sin darse cuenta, han ido pasando las horas y Jaime ha esperado tanto tiempo a su amada que los ojos se le han llenado de canas, y las sienes de surcos profundos e indeseables, y hasta el semáforo rojo ha sido arrastado por la dilatada espera  que no ha tenido fruto ni sentido.

Ahora, el cielo se tiñe de azafrán y violeta y pasea la sombra de las lágrimas, mientras, viejo ya, sin esperanzas, Jaime continúa esperando a Marlene bajo la lluvia...

Carmen Cabeza


martes, 7 de junio de 2016

MARILYN


Bourbon y Nembutal para la diosa,
 fragilidad escondida
tras unas cuantas gotas de Chanel.
Marilyn perdida
en la soledad de los pianos blancos,
insomnio mezclado con Veronal
y lápiz de labios.
Un teléfono rojo
mordería sus pecas esa noche
-aquella fue la última-
antes que el frío 
inundase para siempre
el ancho espacio rubio de sus venas.

Carmen Cabeza

sábado, 28 de mayo de 2016

MAYO




Mayo ha muerto
en el cristal de las rosas núbiles,
falto de azul celeste
y noches de piano con Chopin,
nocturnos de anémonas sin luna
y orquídeas desnatadas
que agonizan en mayo,
como el desierto
como el amante
como la nieve
turbia del viento
de mayo...


Texto: Carmen Cabeza
Imagen: Carlos Becerra