viernes, 12 de mayo de 2017

Sangre vienesa



 “…Viena no era tan sólo una ciudad para mí, sino también un sonido: un sonido que resuena en el alma para siempre o que no resuena nunca.”
Sándor Marai

Deambular por sus calles es como sumergirse en una atmósfera cremosa, de nata y chocolat fondant.  En  Viena, los cafés son multitud, y es posible  viajar en el tiempo a través de locales antiguos como Demels, Sacher o El café Central,  olfateando el aroma de los  strudels  de canela y disfrutando de un exquisito mélange –café con leche y azucarillos en bandeja de plata- sentado en cualquiera de los numerosos salones conservados como piezas de museo. Para el viajero, un paseo por el corazón de esta vieja Europa resulta fascinante.  Los que no la conocen pueden tratar de visualizar  la ciudad  a través de la gran pantalla; Carta de una desconocida, por ejemplo -adaptación de un relato del vienés Stefan Zweig-  refleja la elegancia de su pasado imperial;  El tercer hombre, sin embargo, muestra una cara diferente de la ciudad, la de una Viena mutilada en cuatro zonas tras la segunda guerra mundial,  una ciudad en blanco y negro que fotografia las alcantarillas y los tendidos del tranvía en magistrales tomas y encuadres oblicuos,  haciéndonos imaginar el lado oscuro de los alegres valses, el reverso de esta hermosa urbe que vio nacer el expresionismo, la teoría del subconsciente y la multitud que aplaudía los desfiles militares por el Ring con motivo de la anexión de Austria a la Alemania nazi.


Pero Viena ya había asistido anteriormente a la extinción de su viejo esplendor, un poder  que la convirtió en capital de un enorme imperio, con fronteras que se extendían hasta la desembocadura del Danubio en el este o el Adriático por el sur…
Existen leyendas que hablan del  “trágico destino de los Habsburgo”. El caso más notorio es el de la austriaca  María Antonieta, que murió en la guillotina; pero también dramático resulta el caso  del archiduque Rodolfo, que se suicidó en Mayerling en compañía de su joven amante, María Vetsera; o Maximiliano, hermano del emperador  y fusilado en México por los seguidores de Juáez y, por supuesto, la inefable Elizabeth, la aristócrata que odiaba el espíritu festivo de la corte vienesa y pasaba largas temporadas viajando como una trotamundos, presa de la melancolía de los Wittelsbach, una especie de tara  hereditaria que compartían los príncipes de Baviera. Elizabeth, en su versión más inefable, daría lugar a películas como “Sissi emperatriz”, una serie de films almibarados hasta el delirio que realizó Ernst Marishka e hicieron furor en los años 60, protagonizados por Romy Schneider. La propia Sissi también murió de forma trágica, apuñalada por un anarquista en un muelle de Ginebra.  Puede que el principio de tanta leyenda negra esté relacionado con  la evisceración de los Habsburgo (según un curioso ritual funerario, el corazón era separado del cuerpo y enterrado en la cripta de los Agustinos), mientra el resto yacía en el panteón imperial –Kapuzinerkirche- la cripta de los Capuchinos, un lugar fantasmagórico formado por cien salas subterráneas donde están enterrados unos cien archiduques y cien emperadores.


Pero el visitante no suele quedarse con una imagen lúgubre o triste en la memoria. Al contrario, lo que perdura en el viajero es el semblante más amable de la ciudad, porque Viena representa la opulencia del imperio, el ornamento sin paliativos, la belleza y el lujo, así como el espíritu amable de la época Biedermeier, un ambiente jubiloso que contiene aires de opereta de Offenbach, una Viena barroca que se regocija en el adorno y llega  al rococó en su recargamiento desmedido, como corresponde a una urbe católica y pagana, completamente alejada de la austeridad protestante. Viena refulge en estucos, guirnaldas y rocallas, y su color más representativo es el blanco y amarillo del palacio de Schönbrunn.  Al abandonarla, recuerdas que allí se ama la música, sabes que el paso del tiempo parece haberse detenido en los espejos de  los cafés, refinados y elegantes, y  que las notas de un vals son capaces de contener aún la belleza y la gracia de la vida.

Carmen Cabeza Martínez: Raquel bajo la lluvia y otros relatos (2014)

miércoles, 18 de enero de 2017

Verlaine en otoño

 
 Imagen: Connie Tom
  Chanson d’Automne 

Les sanglots longs
des  violons
de l’automne
blessent mon coeur
d’une langueur
monotone.

Tout suffocant
et blême, quand
sonne l’heure,
je me souviens
des jours anciens
et je pleure.
Et je m’en vais
au vent mauvais
qui m’emporte
deçà, delà,
pareil à la
feuille morte.
         De Paul Verlaine, Poèmes saturniens (1866)
Los largos sollozos 
de los violines
del otoño
hieren mi corazón
con una languidez monótona.
Sofocado y pálido,
cuando suena la hora,
recuerdo los días antiguos
y lloro.

Y me abandono
a un viento maldito
que me arrastra
de aquí para allá,
como si  fuera
                          una hoja muerta...                    

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuestión de fe


 

 
 
Si pudiera,

dibujaría un paréntesis,

un espacio que desafiara

la dimensión mezquina de este desamparo,

esta levedad insoportable,

la infinita distancia que nos separa de Dios.

 

Si pudiera,

haría que tu boca – nuestras bocas-

trazaran una helada copiosa y azul;

concebiría un presente

quintaesencia del sueño,

una sucesión de eternidades

que nos enlazara a través del tiempo…

 

Pero ese poder no está a mi alcance.

 

Me ignora. Me huye. Me desconoce.

No he probado la quimera ni el prodigio,

ni la extraña magnitud de los milagros.

Supongo que crear no es lo mismo que creer,

y, definitivamente,

la fe no es algo que se pueda buscar.

Hay que encontrarla, como un regalo, ante tu puerta.

Y, a fin de cuentas,

ya lo sabíamos,

nos lo habían dicho más de mil veces:

la fe no se alcanza a solas,

la fe es un don de Dios.

 
CARMEN CABEZA
 

jueves, 17 de noviembre de 2016

De la belleza literaria...




En su ensayo La filosofía de la composición, Edgar Allan Poe reflexiona, en unas páginas no exentas de ironía, acerca del método más idóneo para escribir un poema. Textualmente dice:
 
“Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren que la gente crea que escriben bajo una especie de frenesí, de intuición extática. Pero, si echáramos una ojeada tras el telón, contemplaríamos los entresijos, la vacilación y el artificio que, en el 99% de los casos, caracterizan el trabajo del escritor”

 ¿Es cierto que la belleza depende fundamentalmente de la estilística, de la maquinaria retórica, de conceptos como la musicalidad, el ritmo, la connotación…, o existe otra medida, algo más allá del mero virtuosismo? ¿Habrá vida después de las metáforas?

 En el extremo opuesto a Edgar Allan Poe se encuentra el poeta inglés Coleridge, que confesó haber concebido su poema Kubla Khan durante el sueño, bajo la influencia del opio. En cuanto despertó empezó a escribir, de forma prácticamente automática, los versos que había soñado previamente.




Exageraciones aparte, hay más autores que relacionan el germen de lo literario con una función “esotérica” del lenguaje, una suerte de ciencia infusa relacionada con términos como magia o “revelación”, que sustituye al ya periclitado “inspiración”.

 Nos gustaría poseer la sustancia y la forma, el contenido y el continente, desentrañar la inaprensible materia con que se teje la belleza. Si el poema hace posible sentir lo impalpable, si consigue hacer visible lo invisible, nos gustaría encontrar el secreto, conocer la clave o proporción áurea capaz de captar esa magia, como si se tratase de un mecanismo matemático, capaz de generar textos exquisitos que aúnen intensidad y perfección a partes iguales.

 Pero creemos que eso es imposible. Y como decía el maestro, Jorge Luis Borges:

 “La belleza es ese hermoso misterio que ni la psicología ni la retórica pueden descifrar”
 

CARMEN CABEZA

viernes, 30 de septiembre de 2016

Kate O`Callaghan


 Mi padre, el granjero John O'Callaghan, nació en el condado de Drogheda. El abuelo Sean se había arruinado en la hambruna del 54 y murió antes de cumplir los cuarenta. 
Mi madre, Rosie O'Connor, una campesina de Galway, parió diez hijos en total, pero solo seis sobrevivimos al primer año de vida.
Fuimos emigrantes. Cambiamos los verdes valles irlandeses por las resecas llanuras de Pensilvania. Tuvimos una travesía siniestra en un barco que hacía el trayecto Cork- Baltimore y, tras unas semanas interminables desperdigados por trenes malolientes, llegamos a Pittsburgh una fría mañana de noviembre. Nos instalaron en unos barracones que la compañía minera reservaba para los que llamaban "cerdos irlandeses".
La gente, por lo general, nos consideraba escoria. Los negros nos despreciaban; los blancos también nos despreciaban. No hacíamos más que trabajar durante horas y ganar una miseria. Había mucho trabajo en las fábricas, que contrataban mano de obra barata para la elaboración  en serie de maquinaria ligera. Aquella fue la peor época de mi vida. Vivíamos en un suburbio rodeado de naves industriales que escupían constantemente su porquería a través de las chimeneas.
Mi hermano Johnny y yo crecimos entre el polvo de carbón de una ciudad renegrida, con el agrio sabor de la mina en los dientes, y nos juramos salir de aquel infierno al precio que fuera.
No tuvimos que esperar mucho. 

Un día me encontré con Mary O'Brien, una antigua compañera que había dejado la fábrica meses atrás. Iba muy ben vestida, con la boca pintarrajeada, y me dijo que había encontrado trabajo en un antro de mala muerte en Black Street...  

  (Continuará)


Texto: Carmen Cabeza
Foto : Carlos de Paz

miércoles, 3 de agosto de 2016

Un poema de Fernando Beltrán



 LA GABARDINA DE MI PADRE


La que se cae a trozos,
la que uso todavía cuando viajo al norte,
como se aferra el don de un comodín.


Recuerdo que al probármela 
descubrí en sus bolsillos caramelos de menta
y un papel con los últimos recados.


Miel, manzanas, dos paquetes de Kleenex,
unas pilas de larga duración
que no cumplieron nunca su promesa,
y una nota final: Librería Hiperión.

Aún tiemblo.

Mi padre que pensé no había leído nunca
los libros que escribí,
los conocía todos, me dijeron, los compraba frecuente,
me dijeron, y elegía con pausa, me dijeron,
en función del regalo y la persona
a quien quería hacérselo, su médico, vecinos,
sus amigos, a cada cual un título.

No podía creerlo.
Yo experto en sus silencios, él experto en mis fríos.
Dos buscándose, y nunca.
Así la vida


Poema del libro HOTEL VIVIR, de Fernando Beltrán
Imagen: Rafal Olbinski