jueves, 22 de junio de 2017

Escritores en la era de Internet


Hace ya bastante tiempo que me sorprende la abundancia en internet de entradas destinadas a captar clientes/alumnado para talleres de escritura, talleres de poesía, de "cómo hacer una novela" o cursos tipo "marketing online para escritores", "los diez mejores trucos para promocionar tu libro",  "necesitas tácticas de autopromoción"... y una larga serie de consejos que acaban haciéndote sentir culpable por tu "pasividad" en las redes sociales. Según copia literal, deberías mantener  una "intensísima actividad" virtual, como llevar tu blog al día (o blogs, si son varios), tener una web especializada en un género literario concreto, claro, en el que tú seas experto (¿?) o, al menos, lo parezcas; amén de contestar a todos los twitters y comentarios en Facebook, grabar tus opiniones sobre libros y novedades editoriales en vídeo y subirlos a tu canal de YouTube, porque, claro, a estas alturas de la historia tienes que ser un youtuber muy activo, faltaría más... Ah, y otra cosa muy importante, participar en foros literarios día sí y día también vertiendo tus originales opiniones sobre lo que sea... El caso es hacerte notar, que tus comentarios sean llamativos (pordiós no me seas un muermo...) y, bueno, el sueño de todo bicho viviente, ¡¡convertirse en trending topic!!



Así que, tras este extenuante trabajo, tras  haberte convertido en un twittero famoso, un youtuber con miles de seguidores, un estupendo onliner total... has rozado la cumbre de algo que no sabemos muy bien en qué consiste, pero que se parece mucho a que tu nombre suene (como ruido de fondo) en todo este maremagnum virtual. Se nos olvidaba algo... ¿Alguien ha mencionado la palabra escribir? Bueno, a estas alturas parece que escribir -y hacerlo bien- es lo que menos importancia tiene.
Tenemos consejos para todos: poetas, prosistas, aprendices..., consejos para escritores profesionales, noveles, audoetidados, independientes... Con toda esa hiperactividad no me extraña que acabemos haciéndonos adictos al ansiolítico, inmersos en una especie de ceremonia de la frustración (nunca llegas a hacerlo todo, nunca es suficiente), y la ansiedad que esto provoca suele ser lo más opuesto a la creatividad, aunque también puede suceder lo contrario:  muchos autores dan lo mejor de sí mismos cuando escriben bajo presión... Que se lo digan a Balzac, el eterno insomne de las noches en blanco, escribiendo sin parar para  tener a punto los capítulos de las novelas por entregas que se publicarían al día siguiente en La Revue des deux mondes o La Presse... Se dice que Balzac llegó a tomar hasta cincuenta cafés al día para mantener la lucidez y la agilidad mental, y así completó más de ochenta  novelas que le han convertido en uno de los grandes clásicos.


El café de Balzac ejercía sobre él una mejora de la concentración, algo fundamental a la hora de pergeñar una historia, novela, cuento... en fin, cualquier trabajo intelectual. Lo contrario es el cansancio mental que provoca la interacción permanente en las redes: fatiga y una literal  imposibilidad de centrarse en algo concreto. A menudo, esto se convierte en uno de las grandes problemas del escritor.
Nos intoxicamos con un exceso de información: datos, mails, likes, twits..., y eso añade estrés a nuestra vida. Nadie puede digerir toda la información que recibe, así que resulta inevitable caer en la dispersión. ¿Cómo gestionar todo esto sin caer en el espejismo de la banalidad? En una cultura donde prácticamente ya no se lee un libro completo, sino la reseña del libro; donde pululan escritores que no escriben (vividores que no viven, que decía Sabina), donde abundan los saraos y la vida literaria -muchas veces irrelevante, carente de verdadera autenticidad- y escasean los momentos de reflexión y soledad, estamos muy cerca de lo superficial y epidérmico, del tipico ruido -mucho ruido y pocas nueces- donde cuesta demasiado "distinguir las voces de los ecos...", como decía Machado...

Texto: Carmen Cabeza

viernes, 12 de mayo de 2017

Sangre vienesa



 “…Viena no era tan sólo una ciudad para mí, sino también un sonido: un sonido que resuena en el alma para siempre o que no resuena nunca.”
Sándor Marai

Deambular por sus calles es como sumergirse en una atmósfera cremosa, de nata y chocolat fondant.  En  Viena, los cafés son multitud, y es posible  viajar en el tiempo a través de locales antiguos como Demels, Sacher o El café Central,  olfateando el aroma de los  strudels  de canela y disfrutando de un exquisito mélange –café con leche y azucarillos en bandeja de plata- sentado en cualquiera de los numerosos salones conservados como piezas de museo. Para el viajero, un paseo por el corazón de esta vieja Europa resulta fascinante.  Los que no la conocen pueden tratar de visualizar  la ciudad  a través de la gran pantalla; Carta de una desconocida, por ejemplo -adaptación de un relato del vienés Stefan Zweig-  refleja la elegancia de su pasado imperial;  El tercer hombre, sin embargo, muestra una cara diferente de la ciudad, la de una Viena mutilada en cuatro zonas tras la segunda guerra mundial,  una ciudad en blanco y negro que fotografia las alcantarillas y los tendidos del tranvía en magistrales tomas y encuadres oblicuos,  haciéndonos imaginar el lado oscuro de los alegres valses, el reverso de esta hermosa urbe que vio nacer el expresionismo, la teoría del subconsciente y la multitud que aplaudía los desfiles militares por el Ring con motivo de la anexión de Austria a la Alemania nazi.


Pero Viena ya había asistido anteriormente a la extinción de su viejo esplendor, un poder  que la convirtió en capital de un enorme imperio, con fronteras que se extendían hasta la desembocadura del Danubio en el este o el Adriático por el sur…
Existen leyendas que hablan del  “trágico destino de los Habsburgo”. El caso más notorio es el de la austriaca  María Antonieta, que murió en la guillotina; pero también dramático resulta el caso  del archiduque Rodolfo, que se suicidó en Mayerling en compañía de su joven amante, María Vetsera; o Maximiliano, hermano del emperador  y fusilado en México por los seguidores de Juáez y, por supuesto, la inefable Elizabeth, la aristócrata que odiaba el espíritu festivo de la corte vienesa y pasaba largas temporadas viajando como una trotamundos, presa de la melancolía de los Wittelsbach, una especie de tara  hereditaria que compartían los príncipes de Baviera. Elizabeth, en su versión más inefable, daría lugar a películas como “Sissi emperatriz”, una serie de films almibarados hasta el delirio que realizó Ernst Marishka e hicieron furor en los años 60, protagonizados por Romy Schneider. La propia Sissi también murió de forma trágica, apuñalada por un anarquista en un muelle de Ginebra.  Puede que el principio de tanta leyenda negra esté relacionado con  la evisceración de los Habsburgo (según un curioso ritual funerario, el corazón era separado del cuerpo y enterrado en la cripta de los Agustinos), mientra el resto yacía en el panteón imperial –Kapuzinerkirche- la cripta de los Capuchinos, un lugar fantasmagórico formado por cien salas subterráneas donde están enterrados unos cien archiduques y cien emperadores.


Pero el visitante no suele quedarse con una imagen lúgubre o triste en la memoria. Al contrario, lo que perdura en el viajero es el semblante más amable de la ciudad, porque Viena representa la opulencia del imperio, el ornamento sin paliativos, la belleza y el lujo, así como el espíritu amable de la época Biedermeier, un ambiente jubiloso que contiene aires de opereta de Offenbach, una Viena barroca que se regocija en el adorno y llega  al rococó en su recargamiento desmedido, como corresponde a una urbe católica y pagana, completamente alejada de la austeridad protestante. Viena refulge en estucos, guirnaldas y rocallas, y su color más representativo es el blanco y amarillo del palacio de Schönbrunn.  Al abandonarla, recuerdas que allí se ama la música, sabes que el paso del tiempo parece haberse detenido en los espejos de  los cafés, refinados y elegantes, y  que las notas de un vals son capaces de contener aún la belleza y la gracia de la vida.

Carmen Cabeza Martínez: Raquel bajo la lluvia y otros relatos (2014)

miércoles, 18 de enero de 2017

Verlaine en otoño

 
 Imagen: Connie Tom
  Chanson d’Automne 

Les sanglots longs
des  violons
de l’automne
blessent mon coeur
d’une langueur
monotone.

Tout suffocant
et blême, quand
sonne l’heure,
je me souviens
des jours anciens
et je pleure.
Et je m’en vais
au vent mauvais
qui m’emporte
deçà, delà,
pareil à la
feuille morte.
         De Paul Verlaine, Poèmes saturniens (1866)
Los largos sollozos 
de los violines
del otoño
hieren mi corazón
con una languidez monótona.
Sofocado y pálido,
cuando suena la hora,
recuerdo los días antiguos
y lloro.

Y me abandono
a un viento maldito
que me arrastra
de aquí para allá,
como si  fuera
                          una hoja muerta...                    

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuestión de fe


 

 
 
Si pudiera,

dibujaría un paréntesis,

un espacio que desafiara

la dimensión mezquina de este desamparo,

esta levedad insoportable,

la infinita distancia que nos separa de Dios.

 

Si pudiera,

haría que tu boca – nuestras bocas-

trazaran una helada copiosa y azul;

concebiría un presente

quintaesencia del sueño,

una sucesión de eternidades

que nos enlazara a través del tiempo…

 

Pero ese poder no está a mi alcance.

 

Me ignora. Me huye. Me desconoce.

No he probado la quimera ni el prodigio,

ni la extraña magnitud de los milagros.

Supongo que crear no es lo mismo que creer,

y, definitivamente,

la fe no es algo que se pueda buscar.

Hay que encontrarla, como un regalo, ante tu puerta.

Y, a fin de cuentas,

ya lo sabíamos,

nos lo habían dicho más de mil veces:

la fe no se alcanza a solas,

la fe es un don de Dios.

 
CARMEN CABEZA
 

jueves, 17 de noviembre de 2016

De la belleza literaria...




En su ensayo La filosofía de la composición, Edgar Allan Poe reflexiona, en unas páginas no exentas de ironía, acerca del método más idóneo para escribir un poema. Textualmente dice:
 
“Muchos escritores, especialmente los poetas, prefieren que la gente crea que escriben bajo una especie de frenesí, de intuición extática. Pero, si echáramos una ojeada tras el telón, contemplaríamos los entresijos, la vacilación y el artificio que, en el 99% de los casos, caracterizan el trabajo del escritor”

 ¿Es cierto que la belleza depende fundamentalmente de la estilística, de la maquinaria retórica, de conceptos como la musicalidad, el ritmo, la connotación…, o existe otra medida, algo más allá del mero virtuosismo? ¿Habrá vida después de las metáforas?

 En el extremo opuesto a Edgar Allan Poe se encuentra el poeta inglés Coleridge, que confesó haber concebido su poema Kubla Khan durante el sueño, bajo la influencia del opio. En cuanto despertó empezó a escribir, de forma prácticamente automática, los versos que había soñado previamente.




Exageraciones aparte, hay más autores que relacionan el germen de lo literario con una función “esotérica” del lenguaje, una suerte de ciencia infusa relacionada con términos como magia o “revelación”, que sustituye al ya periclitado “inspiración”.

 Nos gustaría poseer la sustancia y la forma, el contenido y el continente, desentrañar la inaprensible materia con que se teje la belleza. Si el poema hace posible sentir lo impalpable, si consigue hacer visible lo invisible, nos gustaría encontrar el secreto, conocer la clave o proporción áurea capaz de captar esa magia, como si se tratase de un mecanismo matemático, capaz de generar textos exquisitos que aúnen intensidad y perfección a partes iguales.

 Pero creemos que eso es imposible. Y como decía el maestro, Jorge Luis Borges:

 “La belleza es ese hermoso misterio que ni la psicología ni la retórica pueden descifrar”
 

CARMEN CABEZA

viernes, 30 de septiembre de 2016

Kate O`Callaghan


 Mi padre, el granjero John O'Callaghan, nació en el condado de Drogheda. El abuelo Sean se había arruinado en la hambruna del 54 y murió antes de cumplir los cuarenta. 
Mi madre, Rosie O'Connor, una campesina de Galway, parió diez hijos en total, pero solo seis sobrevivimos al primer año de vida.
Fuimos emigrantes. Cambiamos los verdes valles irlandeses por las resecas llanuras de Pensilvania. Tuvimos una travesía siniestra en un barco que hacía el trayecto Cork- Baltimore y, tras unas semanas interminables desperdigados por trenes malolientes, llegamos a Pittsburgh una fría mañana de noviembre. Nos instalaron en unos barracones que la compañía minera reservaba para los que llamaban "cerdos irlandeses".
La gente, por lo general, nos consideraba escoria. Los negros nos despreciaban; los blancos también nos despreciaban. No hacíamos más que trabajar durante horas y ganar una miseria. Había mucho trabajo en las fábricas, que contrataban mano de obra barata para la elaboración  en serie de maquinaria ligera. Aquella fue la peor época de mi vida. Vivíamos en un suburbio rodeado de naves industriales que escupían constantemente su porquería a través de las chimeneas.
Mi hermano Johnny y yo crecimos entre el polvo de carbón de una ciudad renegrida, con el agrio sabor de la mina en los dientes, y nos juramos salir de aquel infierno al precio que fuera.
No tuvimos que esperar mucho. 

Un día me encontré con Mary O'Brien, una antigua compañera que había dejado la fábrica meses atrás. Iba muy ben vestida, con la boca pintarrajeada, y me dijo que había encontrado trabajo en un antro de mala muerte en Black Street...  

  (Continuará)


Texto: Carmen Cabeza
Foto : Carlos de Paz