lunes, 11 de junio de 2018

El mundo subjuntivo de la plaza Feijoo




El mundo subjuntivo de la plaza Feijóo

Hubiera preferido iniciar mi itinerario en Uría, subir después la calle San Francisco y atajar por la Corrada  hasta la facultad de Letras. Pero lo habitual era que aterrizáramos en la estación de los Alsas, caminásemos por General Elorza hasta Foncalada y subiéramos entonces la Gascona. Allí empezaba el último tramo: un corto paseo por la  muralla  hasta doblar la  esquina de la calle San Vicente.

Ahora, volviendo la mirada atrás, creo que hubiera sido preferible  escoger  otra ruta para llegar a la plaza Feijoo.   Porque lo cierto es que  no nos urgía la prisa. Las clases nunca empezaban a la hora, y los quince minutos de cortesía se cumplían en todos los casos, curso tras curso.  Entrábamos, todavía de noche, a la primera clase. Con el transcurso de los meses decidimos fumarnos la asignatura  de Lengua y desayunar en el café Sevilla o la División Azul, una especie de búnker falangista abarrotado de estudiantes que tomaban allí los pinchos de tortilla más baratos en millas a la redonda. A las diez comenzaba la clase de Crítica literaria, con Carmen Bobes, que nos enseñaba a psicoanalizar a Kafka, en una época en que  la teoría del psicoanálisis todavía conservaba algún  prestigio.





Entre clase y clase paseaba por el Oviedo antiguo. Delante de la casa del Deán imaginaba erróneamente que se trataba de la vivienda del Magistral. Al dejar atrás la Corrada del Obispo entraba en el tránsito de Santa Bárbara, mi rincón favorito, con la torre románica de San Miguel, donde me figuraba historias bárbaras, princesas godas y conjuras palaciegas. A veces entraba en el recinto de la catedral, recorría las capillas laterales y creía contemplar el sórdido beso de Celedonio en el capítulo final de la Regenta; me parecía sentir en los labios la viscosidad de los sapos de Vetusta, mientras los pies desnudos de Ana Ozores desfilaban bajo la lluvia de un viernes santo. Algún día también creí ver a Lena Rivero en el trascoro,  entretenida en visiones místicas, con la cabeza llena de mariposas negras.






A veces, en los recreos, nos acercábamos al horno del Molinón, en la calle del Águila. Entrar allí una mañana de febrero y repostar con el olor a pan recién hecho y los bollinos calientes nos proporcionaba energía para aguantar tres horas más de clases, en su mayoría anodinas, algunas impagables, como las de Emilio Sagi, que nos desgranaba los secretos de la obra de Tennessee Williams y el teatro de Arthur Miller. O el meticuloso análisis de la Regenta que nos regaló Cachero.

Cuando hacía buen tiempo nos sentábamos ante la estatua de Feijoo, bajo la piedra de su hábito talar, arremolinándonos en el pedestal de esa figura pensativa que parecía filosofar rodeado de una corte de estudiantes que daban voces a sus pies. Luego subíamos de nuevo a clase.  Escuchábamos los versos de Chaucer recitados por Patricia Shaw, al profesor Álvarez Buylla mostrándonos los entresijos de los románticos ingleses y los sueños aliñados de opio de Coleridge o De Quincey… 






Todo aquello sucedía hace más de treinta años, en la ubicación dudosa de un recuerdo, en ese lugar anclado en la nostalgia de un tiempo inexistente. La verdad es que en ese mundo subjuntivo perduran tan solo los deseos y los desvaríos de la memoria. Pero esa percepción inexacta es lo único que nos queda. Lo único que guarda la esencia de aquellos años, cuando éramos rabiosamente jóvenes;  y algunos de nosotros tan intensos que llegamos a creernos inmortales.


Texto de Carmen Cabeza Martínez, publicado en la antología Oviedo, libro abierto (ediciones Trea, Oviedo 2016)
 

martes, 8 de mayo de 2018

Tiempo de silencio


Entre sus páginas flota el ambiente del formaldehído, un olor a fenol desinfectante que revela la asepsia del quirófano, como si la novela realizara una autopsia a la sociedad y al mundo, lo diseccionara con escrupuloso pulso de cirujano y la atmósfera en sus páginas se volviera cada vez más densa y grave, como el silencio de una morgue.
La enfermedad como metáfora siempre ha estado presente en la literatura; muchas veces, la figura del escritor se asemeja a la de un curandero o chamán que extirpa los tumores del mundo con un escalpelo y analiza sus resultados. Una novela puede contener un diagnóstico, sacarle las vísceras a una sociedad enferma y  exponerlas a la luz blanca e hiriente de una mesa de operaciones. Al fin y al cabo, la  ficción siempre ha estado poblada por personajes  enfermos física o mentalmente; neurosis, hipocondría y demencia se han paseado por la historia literaria desde hace siglos.
En Tiempo de silencio, el protagonista parece un alter ego del autor. Martín Santos, escritor y médico psiquiatra, podría identificarse con su personaje, Pedro, joven investigador que fracasa en sus aspiraciones de descubrir una cura para el cáncer. El protagonista de la novela es detenido por participar en un aborto ilegal, y aunque logra salir de comisaría libre de cargos, es despedido del centro de investigaciones científicas donde trabaja. 


Impregnada de pesimismo, la novela expresa una desesperación existencial que enlaza, por su visión de España, con el pensamiento de Goya, Larra y Valle-Inclán. La descripción del Madrid de 1949 constituye un retrato magistral de las diferentes clases sociales. Intelectuales, burguesía, hampa y proletariado aparecen reflejados en sus páginas a través de complejas fórmulas narrativas, en un alarde experimental que utiliza los más variados registros lingüísticos y las técnicas más innovadoras.
Y tras este soberbio uso del lenguaje, un nihilismo demoledor, la mirada de un científico cuya crítica no engloba sólo a la dictadura franquista,  -retrato brutal de un sistema represivo e hipócrita-,  sino a la sociedad entera, al mundo, a la naturaleza humana en su conjunto, porque el autor va más allá de una ciudad o un país concreto; expresa una decepción de carácter existencial, en la que nadie ni nada se salva. Tampoco Pedro, su protagonista, prototipo del antihéroe, médico sin vocación que se mueve fundamentalmente por impulsos de vanidad. En sus investigaciones, encaminadas a descubrir un medicamento contra el cáncer, no le guían impulsos humanitarios, sino un deseo salvaje de triunfar e incluso de ganar el premio Nobel:

“De ahí puede surgir el origen de otro descubrimiento más importante todavía por el que el rey sueco pueda inclinarse sobre nosotros hablando en latín o en inglés...”


En sus delirios por alcanzar ese sueño, no le importa que alguna de las muchachas que crían a los ratones para su experimento se pueda “contagiar” de un cáncer virásico, ya que este hecho probaría su hipótesis:


“¡Oh, qué posibilidad apenas sospechada  (..)  de que una –con una bastaba- de las mocitas púberes toledanas hubiera contraído, en la cohabitación de la chabola, un cáncer inguinoaxilar ...”

Sin embargo, Pedro resulta moralmente superior al resto de personajes que desfilan por la novela como alimañas surgidas de un paisaje esperpéntico: el Muecas, el Cartucho, Amador, el Mago... son sujetos repulsivos descritos con rasgos expresionistas, pero certeramente retratados a través de la modalidad lingüística, (jerga del lumpen), que utilizan en sus diálogos.

“Ahuequé. Limpié bien el corte y lo encalomé en el jergón. Vino la pasma y a preguntar. “Derrótate Cartucho” Y palo va palo viene. Pero yo nanay ... “


La ciudad, el barrio, las chabolas son como organismos guardados en cloroformo a los que se les practica un estudio clínico. Martín Santos alterna capítulos de registro coloquial y vulgar con otros llenos de tecnicismos y nomenclatura científica. A lo largo de la novela se incluyen términos médicos como mitosis, motoneuronas, córtex, neoplasia, oligofrénicas, neuroblastos… Este tipo de léxico aparece, sobre todo, en los monólogos interiores del protagonista:


“Como si la grasa esteatopigia de las hotentotes no estuviera perfectamente contrabalanceada por la lipodistrofia progresiva de nuestras hembras mediterráneas.”

“... menguado pasto para los gusanos a través de cualquiera de las complicadas formas del morir hambriento (tuberculosis, escrófula, latirismo, eruptos de sangre, temblor progresivo de los calcañares... “

En este uso científico del lenguaje parece adivinarse un intento por plasmar la neutralidad, un deseo de distanciamiento, como si el médico-escritor estuviese haciendo experimentos con sus personajes y éstos no fueran más que cobayas de laboratorio; como si, gracias a ese lenguaje frío, adquiriera la precisión de un cirujano para extirpar, cortar o viviseccionar a sus personajes. Pero, a la vez, el frecuente uso de términos ininteligibles para los no profesionales de la medicina suele producir el efecto contrario, y  otorgar al texto el cariz de magia y de misterio típicos del pensamiento primitivo sobre  lo inexplicable y maravilloso. Con el uso de un lenguaje especializado consigue una intensificación poética del mismo. Por eso la lectura se impregna de fascinación e intentamos descifrar las palabras desconocidas como si de un mensaje encriptado se tratara.



La prosa de Martín-Santos está llena de prodigios, de enumeraciones aparentemente caóticas, de páginas hechas de sucesiones de palabras con carácter poético, de imágenes surrealistas con una rara e inusual belleza:

“Magma la protoforma de la vitalidad que nace. Magma la fuliginosa pegajosidad del esperma. Magma la roca fundida en su estado primitivo, antes de que se degrade en piedras.”   

 “Esferoidal, fosforescente, retumbante, oscura-luminosa, fibrosa-táctil, recogida en pliegues, acariciadora, amansante, paralizadora recubierta de pliegues protectores, olorosa, materna ...”

Tiempo de silencio  es una novela proteica, que encierra dentro de sí multitud de historias y diferentes lecturas. En Martín-Santos están presentes el escritor y el médico; el narrador brillante que maneja el oficio de escribir con la perfección de un orfebre, y el médico cuya misión es curar, no sólo a sus pacientes sino también a la sociedad entera; un doctor que desinfecta, limpia las llagas, cauteriza las heridas y extirpa los males de una humanidad maltrecha. Ambos, médico y  escritor, intentan llegar a esa curación ideal del mundo, pero fracasan en el intento.  En Tiempo de silencio  la conclusión resulta demoledora: tras hacer la autopsia a la realidad, sólo quedan los restos de un naufragio: un hombre fracasado y sin esperanza y una sensación de náusea insoportable, más vacía y profunda que la propia muerte.

Carmen Cabeza

viernes, 20 de abril de 2018

Té en el Claridge's



“Cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida”

                                                                    Samuel Johnson                

 Si lo que se entiende por “estilo inglés” tuviera que ser resumido en unas cuantas imágenes, la siguiente enumeración podría servir como síntesis: campos azules de lavanda, juegos de porcelana Wedgwood, telas de cretona, estampados de flores “chintz”,  primorosos parques,  casas de estilo isabelino, el tradicional pub inglés, un ambiente acogedor (“cosy”)  y, por supuesto, el té de las cinco. Pero también la flema, el cricket, la tolerancia y los paisajes de Constable podrían simbolizar lo mejor de la cultura inglesa.
 Desde Brighton a Newcastle, de Liverpool a Cornualles, el pueblo inglés se encuentra unido por un irrefrenable entusiasmo hacia la realeza, el consumo de té, la jardinería y la tradición.  Clasicismo y modernidad se dan la mano en un país donde conviven ancianas señoritas Marple y guardias pulcramente uniformados junto a jóvenes góticos, punkies alternativos o ruidosos hooligans. Esta convivencia es todo un ejemplo de civilización en ciudades como Londres, donde británicos, paquistaníes, indios, africanos, jamaicanos, chinos y varios miles de turistas comparten el aire de una Babelia desbordada por la que transitan, a diario, riadas humanas que se aglomeran, sobre todo, en el centro de la urbe, en zonas tan concurridas como Piccadilly Circus o Leicester Square.
 Una de las mejores formas de ver la ciudad es desde el piso superior de un rojo autobús londinense, (el metro, o tubo, como lo llaman los ingleses, resulta  más rápido pero es muy viejo y tiene un halo siniestro; de hecho,  alguna vez las vías son invadidas por manadas de ratas). Existe una inmejorable red de autobuses urbanos con los que se pueden  recorrer las largas avenidas que bordean Hyde Park, cruzar el Támesis, desplazarse hasta el norte de Londres o llegar al hotel. También resulta delicioso darse un paseo por las calles peatonales de Covent Garden, o merodear por alguno de los mercadillos que  proliferan en esta ciudad-mercado, (“nación de tenderos”, que dijera Napoleón), como el casi legendario Portobello Market,  Brixton Market, con sus artículos africanos y caribeños, olor a especias y música  reggae,  o  los  puestos  rodeados de  canales de  Camden Town.



Otra de las experiencias que uno no  debería perderse en su  visita a Londres es la ceremonia del té.  Se dispone para ello de numerosos establecimientos y salones, como el glamuroso  Claridge’s,  (Bond Street), un magnífico palacio convertido en hotel donde se puede degustar el típico té a la inglesa, con sandwiches de pepino, pasteles y deliciosos “scones” (bollitos rellenos de pasas) untados con mantequilla y mermelada.  El té de las cinco puede ser una oportunidad única para disfrutar, sin arruinarse, de esta tradición clásica en el ambiente suntuoso de un gran hotel.
Tras el ritual del té  -lujo y refinamiento-  en el hotel Savoy, el Dorchester o el Claridge’s, se puede deambular sin rumbo fijo por las numerosas calles que conforman el centro de Londres: perderse por el bullicioso Covent Garden, donde mendigaba Audrey-Eliza Doolittle antes de transformarse en “My fair lady”;  asomarse a los escaparates de carísimas sastrerías en Savile Road, lugar de residencia de  Phileas Phogg, aquel atildado caballero inglés salido de la pluma de Julio Verne; o bien seguir caminando hasta Charing Cross y  allí hojear las últimas novedades editoriales en la prestigiosa librería Foyle’s ...

Coexisten muchos aspectos diferentes dentro de esta  inmensa metrópoli, como si de la ciudad de las mil caras se tratase, pero, en mi opinión, Londres está marcado por un indefinible aire de misterio. Y aunque las brumas decimonónicas han abandonado ya el cielo londinense, una ligera niebla se eleva, a veces, desde el Támesis, en la humedad de la noche, otorgando a las calles aledañas un ambiente tétrico e inquietante. A los ingleses les encanta esa atmósfera oscura que huele a crímenes y a sangre, un olor a cadáver que pulula por las novelas de la genial Agatha Christie y que los británicos han sabido comercializar muy bien en lugares como el London’s Dungeon,  (escalofriante parque temático en el que se exhiben los tormentos aplicados a los reos desde la Edad Media), las visitas turísticas a pie por Baker Street, donde se ubicaba el despacho del famoso Sherlock Holmes,  o  Whitechapel, distrito en el que Jack el Destripador cometiera sus crímenes en 1888, o la mismísima Torre de Londres, donde se pueden visitar las mazmorras, los potros de tortura o el cadalso que fue testigo de la ejecución de miembros de la nobleza como Ana Bolena o Jane Grey. 


La afición de los británicos por lo sobrenatural llega a extremos de inventarle fantasmas a cualquier castillo o mansión que se precie,  manía persecutoria que caricaturizó el irlandés Oscar Wilde en  El fantasma de Canterville.  Sin falta de acudir a ejemplos literarios, yo misma escuché a un profesor de inglés asegurar, absolutamente convencido, que había contemplado el espectro de una mujer paseándose tranquilamente por su castillo con la cabeza en la mano.

Un ambiente onírico, casi irreal, rodea a esos  pueblos ingleses llenos de  cautivadoras cottages,  tejados de paja, ventanas emplomadas estilo Tudor y primorosos jardines, que me recuerdan   ciertas estampas, ( really  lovely), de encantadoras mascotas y paisajes de cuento de hadas, reflejos del  “kitsch” (cursilería) más edulcorado del siglo XIX.  Y es que en el país pervive aún la huella indeleble de la época victoriana, en los detalles, los estampados, la decoración o los dibujos infantiles de Beatrix Potter ... Un rastro de emociones inefables que van más allá de la mera ñoñería y se perciben en la pintura  de Millais  (cuadros como “La niña ciega” o “El nido”), y en las escenas bellamente policromadas de los prerrafaelistas. Una devoción por la infancia que ya había aparecido en  literatura, con personajes de niños desgraciados como Jane Eyre, huérfanos desamparados que protagonizan las novelas de Dickens, niños como Amy Dorrit, Oliver Twist o David Copperfield que representan la pobreza, la diferencia de clases,  la crueldad de aquella sociedad decimonónica o los brutales orfanatos de la época. Un Londres despiadado y clasista que aún flota en el recuerdo para dejar paso a una ciudad postmoderna, enorme ciudad mercado donde los centros comerciales constituyen un monumento al capitalismo más acervo y descomunal.  Selfridges, Liberty, Fortnum & Mason’s, se han convertido en verdaderos templos del consumo, como el laberíntico y archiconocido Harrods, donde millonarios con los bolsillos repletos de  petrodólares compran joyas, diamantes, ropa de marca o Rolex de oro, mientras los turistas adquieren  bolsas de plástico o peluches a precio de escándalo.


Londres posee el encanto de la tradición más anacrónica y de la  más extravagante modernidad;  una mezcla única donde las crestas multicolores perviven al lado de estrafalarios sombreros, donde  las carreras de Ascot o las ceremonias del más rancio abolengo coexisten junto a  la tecnología punta y la moda de vanguardia,  donde la vorágine del ruido y la aglomeración de Oxford Street  son compatibles con la silenciosa tranquilidad de Holland Park...
Pero, sobre todo, Londres es capaz de regalar al viajero la posibilidad de vaciarse, la sensación de poder convertirse sin esfuerzo en alguien distinto  de sí mismo y adoptar, temporalmente, la personalidad de un ser desconocido. Y  esa experiencia inverosímil es quizá su mayor privilegio. Parafraseando a Melville:
“Hay dos lugares en el mundo en los que una persona puede desaparecer por completo; la ciudad de Londres y los mares de Sur.”

Carmen Cabeza


lunes, 26 de febrero de 2018

Poemas de Marina Tsvetáieva



Libertad salvaje
Me gustan los juegos en que todos
son arrogantes y malignos,
en que son tigres y águilas
los enemigos.
Libertad salvaje.
Que cante una voz altiva:
"¡Aquí, muerte, allí -presidio!"
¡Luche la noche conmigo,
la noche misma!
Volando voy -tras de mí van las fieras;
y con el lazo en las manos yo me río...
¡Ojalá la tormenta
me haga añicos!
¡Que sean héroes los enemigos!
¡Acabe en guerra el convite!
Que sólo quedemos dos:
¡El mundo y yo!



Mis versos, escritos tan temprano...

Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.



No obedezco los mandamientos, 
no recibí la comunión.
Mientras no se cante por mí una letanía,
seguiré pecando -como peco, como pecaba-
¡con pasión!
¡Con los cinco sentidos que Dios me dio!

Amigos, cómplices,
ustedes, cuyas insatisfacciones queman
¡Ustedes, secuaces!  ¡Y ustedes, tiernos maestros!
Jóvenes, vírgenes, árboles, 
constelaciones, nubes...
ante Dios, en el Juicio final
¡responderemos juntos, toda la Tierra!

 
Marina Tsvetáieva (Moscú, 1892- Yelabuga, 1941) 
(versiones de Severo Sarduy)
(Fotos: Anka Zhuravleva)

viernes, 24 de noviembre de 2017

Cuadernos de agosto


CUADERNOS DE AGOSTO

 Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.
(Fernando Pessoa)

 Martes, 21 de agosto: Nos alojamos en el Tropen, un pequeño hotel al lado del museo de los Trópicos, enorme edificio que alberga el centro de investigación de enfermedades tropicales. La institución fue creada en el  XVII debido al creciente número de marineros que volvían de ultramar infectados por la malaria y otras plagas desconocidas. El siglo de oro, quintaesencia del comercio holandés, había propiciado la fundación de colonias de nombre legendario, -Batavia, Surinán, Bonaire-, y el tráfico de exóticas mercaderías, pero el afán mercantilista incluía también seres humanos, nativos que viajaban apilados en barcos ataúd a través del océano para ser vendidos en lucrativas subastas de esclavos. Tráfago colonialista y rapiña institucional que proporcionaron al país una inusitada riqueza, en la época que después sería conocida como  “edad dorada”.
Miércoles, 22 de agosto: Cerca del museo hay un pequeño parque que llega hasta las ventanas de nuestra habitación. Desayunamos allí, al lado del césped, en una especie de salón rodeado de árboles. El primer día, en el aeropuerto, nos recibió un cielo diáfano que hoy se ha vuelto a repetir. Hace sol en las calles, el agua parece más clara; la ciudad está embellecida por la luz de verano. Nos sentamos en las terrazas, al borde de los canales que extienden su red de telaraña en torno a las fachadas de ladrillo. En los aledaños de la plaza Dam compramos los inevitables zuecos amarillos,  pero eludimos la visita a los talleres de diamantes, tapadera de un tráfico desaprensivo e inmoral. Al anochecer, la increíble puesta de sol sobre los canales dibuja los contornos de los puentes con la fragilidad de una acuarela.


Jueves, 23 de agosto: Hoy dedicamos la mañana al Rijksmuseum, visita inexcusable que aparece en cualquier guía turística de la ciudad.  En el museo, la presencia constante del claroscuro contrasta con lo soleado de la jornada mientras observamos naturalezas muertas, gorgueras de impecables encajes, lienzos barrocos de Rembrandt atrapando una luz inquietante; el rostro de  Saskia envuelta en rizos rubios… De repente, la magia de Vermeer, el azul absoluto, la seducción de unos interiores habitados por sirvientas con apariencia de princesas, una sucesión de escenas suspendidas en el tiempo que parecen contener una historia. La luz misteriosa de Vermeer ha inundado nuestra retina y nos acompaña después, durante horas, entre los puentes, caminando por el Vondelpark, e incluso más tarde, cuando paseamos en barco,  al anochecer, por  Prinsengracht.


Viernes, 24 de agosto: En la estación central cogemos el autobús para ir a Volendam, lugar encantador estropeado tan sólo por el exceso de souvenirs y las hordas de turistas. Volendam mejora a  las seis de la tarde, cuando los autobuses regresan a sus respectivos hoteles y el pueblo queda, de pronto, aligerado, tranquilo. Entonces es un placer caminar por los pequeños canales, atisbar el interior de las casas desde sus ventanas sin visillos –resabio de la austeridad luterana “no hay nada que econder”- y respirar la primorosa calma de sus calles estrechas. En el puerto subimos a un barco que nos lleva a Marken, diminuta aldea de pescadores que mantiene intacta la tradición de pintar de verde sus casas de madera. Luce un sol increíble, un calor de verano que otorga a la isla este aire inusual, más propio del Mediterráneo que del tormentoso mar del Norte. Sin embargo, al oscurecer se levanta un viento frío y desapacible; un viento que nos recuerda, bruscamente, que esto no es el sur.


Sábado, 25 de agosto: Trasladamos el equipaje al Amsteldijk para  alojarnos en una de esas barcazas fluviales que, en verano, se alquilan a turistas.  Nuestra casa flotante está fondeada en una de las orillas del río Amstel. Nada más llegar recorremos la eslora, subimos y bajamos escaleras verticales, abrimos escotillas y ojos de buey y acabamos instalándonos en  la terraza de popa para contemplar la agitada vida del río, un trasiego constante de embarcaciones ligeras. De noche, la superficie del agua se llena de reflejos que brillan como una  cinta ancha, inmóvil, anegada de luces.
Domingo, 26 de agosto: Ha enfriado mucho, así que cambiamos nuestro atuendo por prendas más cálidas y nos dirigirnos a la Haya, capital administrativa de país. Intentamos visitar la Corte Internacional de Justicia, pero ese día hay una convención y no nos dejan pasar, así que nos conformamos con admirar el edificio y sacar unas fotos de la  imponente fachada. Desde allí, cogemos un autobús hacia las playas de Scheveningen para otear el brumoso mar del Norte, pero el tiempo empeora por momentos y el mar adquiere un desagradable color gris. Imposible bañarse en estas aguas oscuras. Un malecón con pilotes negros anclados en la arena sirve de rompeolas a  la resaca cada vez más fuerte. Marchamos de allí con la humedad en los huesos, contentos de regresar al bullicio y la agitación de Ámsterdam.
Después de la cena caminamos por el Barrio Rojo. Observamos los escaparates donde decenas de mujeres se exhiben cada noche. Un montón de hombres y grupos de turistas se agolpan ante las vitrinas para contemplar el comercio, no por habitual menos denigrante. Cincuenta euros, una mujer. La mayoría son jóvenes, de una belleza sorprendente…Se sientan detrás de las ventanas como animales enjaulados, en una pública subasta de carne femenina. Hay algo siniestro en esta exposición legalizada de cuerpos, algo sórdido que no desaparece aunque las luces rojas intenten transformarlo en una  atracción turística más.


Lunes, 27 de agosto: Continúa el mal tiempo. Las nubes troquelan el horizonte como aves de mal agüero. No podemos dejar pasar un día más sin visitar el museo Van Gogh. Esta mañana el edificio rebosa de visitantes que se apiñan con avidez ante los lienzos como si buscaran una revelación (un amarillo aún más cálido, una pincelada aún más trémula...)  Nos sumergimos en la magia del color -sol de Provenza encerrado en campos de girasoles,  la habitación de Arlés,  trigales que reverberan bajo una luz de verano-  y repasamos la biografía de este pintor maldito que no llegó a vender más que un cuadro en toda su vida y acabó suicidándose, convencido de su absoluto fracaso. Me sorprendió un cuadro que no conocía: “Los comedores de patatas”, de la época en que el artista no había empezado a trabajar el color y  pintaba solamente en grises y negros, presagiando el existencialismo del siglo siguiente. Quizás entonces había aprendido ya a expresar, a través de sus manos, la esencia de las cosas. Probablemente estuviera descubriendo la forma de reflejar su visión delirante del mundo.
Martes, 28 de agosto: El teatro Tuschinsky es un impresionante edificio art-déco  que alberga, en la actualidad, varias salas de cine. Fuimos a ver una película subtitulada en inglés, pero el film nos importaba poco; lo  realmente interesante era ver la decoración suntuosa y refinada que conserva la atmósfera de los años 20.
 Al salir del cine fuimos a la plaza Rembrandt, otro de los centros de animación de la ciudad. Cenamos en la brasserie del Schiller, uno de esos hoteles clásicos con salones laminados de caoba y lámparas modernistas que tienen la virtud de transportarte a otra época.

Por la noche, de vuelta en el barco, nos sentamos en la cubierta de popa.  A pesar del frío, estuvimos un rato fumando, contemplando cómo la luna llena vertía sus  reflejos, a raudales, sobre las aguas del Amstel.


Miércoles, 29 de agosto: El lugar más visitado de Ámsterdam es la casa de Ana Frank, por eso no nos extrañó la enorme cola que se había formado ante la ventanilla del museo. Yo la había visitado en un viaje anterior, pero recorrer las habitaciones de nuevo me produjo la misma impresión de entonces. Nos topamos con el horror de la casa de atrás, las empinadas escaleras por donde subieron los soldados el último día, el rostro infantil de Ana en las fotografías, su cara menuda, sonriente… Imaginas su historia mientras vas contemplando las fotos por las paredes, sus recortes de revistas, el espacio claustrofóbico donde se escondieron ocho personas durante dos años,  las habitaciones de una fosa común de la que solo saldrían hacia la muerte. Los turistas paseábamos en silencio por la casa. Algunos se emocionaban. La mayoría salíamos de allí con un incómodo nudo en la garganta, como si todos compartiéramos la misma culpa.


Jueves, 30 de agosto: Mañana termina el contrato con nuestro arrendatario,  así que tendremos que hacer las maletas y resignarnos a coger el avión de vuelta. Atrás se quedan los molinos, el mercado de flores con sus bulbos y tulipanes, los canales, el Rijksmuseum y el museo de los Trópicos. Finaliza agosto y el aire nos recuerda el final de las vacaciones, la inminencia de septiembre y sus exámenes imaginarios, largas horas de oficina y espacios cerrados, con la luz de los días mermando sin remedio hasta el solsticio de invierno. La última noche, un frío casi glacial congela nuestro gesto en las fotos sobre cubierta, mientras apuramos la ilusión de unas horas más antes de la partida. Pero el frío nos ha sumergido, de improviso, en el otoño, y nos damos cuenta de que estos días de atrás fueron tan sólo un paréntesis, un espacio flexible e ilusorio en el curso de nuestras vidas. En todo caso, una libertad limitada y con cláusulas. Se trataba, solamente, de una libertad condicional.

Carmen Cabeza

miércoles, 15 de noviembre de 2017

París era una fiesta

En A moveable feast, novela que vería la luz póstumamente, Hemingway evoca sus años de juventud en el París de entreguerras. En los felices 20, la ciudad acogió a un grupo de escritores que, reunidos en torno a Gertrude Stein, formaron lo que posteriormente se llamó “la generación perdida”. Heridos por las secuelas de la primera guerra mundial y embriagados por la ciudad de la luz vivieron, escribieron y pasearon sus antológicas borracheras por los alegres locales del Quartier y Saint Germain des Prés.
El círculo se abría al atardecer en Montparnasse, cuando se reunían en la terraza de la Closerie des lilas, protegida del bulevar por unos setos de aligustre. La ronda de  bourbons  comenzaba allí y se prolongaba hasta el amanecer. Tomaban un bocado rápido en la brasserie Lipp, lo mezclaban después con ron, Pernod y dry martinis hasta que acababan, completamente ebrios, recalando en el club Jockey o Le Select.


Tres o cuatro décadas antes, otros lugares servían de acogida a los poetas que pasearon su malditismo por Montmartre, en locales como le Chat Noir o el Polidor. Dipsómanos ilustres fueron Baudelaire, Verlaine o Toulouse Lautrec, que saciaban su sed de mal con absenta y otros brebajes inconfesables en fumaderos de opio, bistrots y burdeles para todos los gustos.
La absenta era apodada el hada verde (fée verte), una bebida de sabor anisado que, combinada con agua, se transformaba en louche, una esencia lechosa que fue prohibida en 1915 porque producía alucinaciones.
De los vapores etílicos viajamos en el tiempo hasta otro tipo de olores: los efluvios del viejo París, mercados apestosos frecuentados por Grenouille, el abyecto personaje de Süskind, que aprende a destilar aromas de las pieles humanas en un París repugnante, con olor a podrido, donde las cloacas iban a dar al Sena y formaban una muralla de heces y deshechos humanos.
Para combatir estos hedores se generalizó el uso del perfume. En Versalles se impregnaban saquitos con esencias que portaban palomas en el pico a modo de incensarios para aromatizar los salones versallescos, que hedían, y no precisamente a rosas.


     Envuelta en un aura de escándalo, la urbe ha constituido, hasta hace unos años, un símbolo de sensualidad y de exceso. Desde la Pompadour y la du Barry, las cortesanas de París otorgaron a la ciudad un aura de erotismo y esplendor carnal. Chispeante como una botella de champán, durante mucho tiempo fue la capital de las vanguardias y la transgresión. Miles de personas acudían a París, para, en una suerte de viaje iniciático, desbrozar su provincianismo y pacatería. Eran otros tiempos. Fueron muchos los que pasearon su estupefacción boquiabierta por los animados bistrots, en busca de cocottes y demi-mondaines con las que despilfarrar herencias, fortunas amasadas durante años que acabaron naufragando en los estragos del derroche y el lujo.

   Montmartre, barrio que circunda la mole marmórea del  Sacré-Coeur, es un recordatorio del París canalla, el de la vida bohemia, con ecos de cabaret, absenta y can-can, bajo la  sombra de un Toulouse-Lautrec que  retrataba a Jane Avril  o Suzanne Valadon en las cercanías del Moulin Rouge.
   Pero la ciudad muestra un montón de rostros diferentes, surgidos del torbellino de la historia. El barón Haussmann, que construyó el nuevo París a base de amplios bulevares y avenidas rectas, trazadas con tiralíneas, comparaba el río a una “cabellera acuática”, en la que se perdía a menudo, contemplando “sus reflejos rubios, dorados y antracitas”. Los puentes del Sena constituyen un símbolo de París, tan emblemático como la torre Eiffel o la catedral de  Nôtre-Dame.
   Resultaría demasiado largo enumerar la lista completa de lugares imprescindibles, así que me limitaré a señalar unos cuantos lugares privilegiados. El Marais, por ejemplo, donde uno  puede imaginarse sin esfuerzo a la marquesa de Meurteuil conspirando en los recoletos  palacetes de la place des Vosges. La ópera  Garnier, por cuyos palcos y galerías parece deslizarse, silencioso, el fantasma de la ópera; los jardines de Luxemburgo y su deliciosa Fuente Médicis; la plaza Vendôme, sede de la alta relojería, que se abre como un hermoso joyero octogonal en el fauburg Saint-Honoré;  quai Montebello, uno de los muelles del Sena, sin duda el  mejor lugar para contemplar los arbotantes góticos de Nôtre-Dame, o  cualquiera de las innumerables terrazas que se extienden desde el barrio latino a la avenida de los Campos Elíseos.
    La intensa vitalidad que aquí se respira nos ofrece mil posibilidades, desde la versión más tópica del París romántico, orquestado por melodías como “La vie en rose”, de Edith  Piaf, hasta los aspectos más desconocidos e imprevisibles.
  Siempre cambiante, siempre sorprendente, en cada viaje se puede descubrir una faceta nueva, inexplorada.  Y es que la ciudad habitada por Hemingway hace casi cien años conserva su fascinación en pleno siglo XXI. Porque París, ahora, sigue siendo una fiesta, una interminable fiesta que nos sigue.


Texto:CARMEN CABEZA
Fotos en blanco y negro: ROBERT DOISNEAU