martes, 27 de noviembre de 2018

No se puede escribir poesía después de Auschwitz


 No se puede escribir poesía después de Auschwitz

La frase del filósofo Theodor  Adorno: "Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie" posee la variante muchas veces oída y repetida de: "No se puede escribir poesía después de Auschwitz". Y algo parecido sucede cuando ves de nuevo la película "El hundimiento" y te vuelves a sumergir en el horror.

Sobre un largo fundido en negro, la voz en off de una mujer inicia este viaje tenebroso a través de la historia. Su testimonio nos traslada al Berlín de 1945, bucea por las estancias de un búnker sitiado por las tropas rusas y nos sitúa en la guarida  -último refugio- del gran dictador.

“El hundimiento” ofrece una inquietante sensación de autenticidad La preocupación por el rigor histórico  del director, Oliver Hirschbiegel, le llevó a recrear el búnker de la cancillería con fidelidad total, recreando su atmósfera con tanto realismo que parece que puede tocarse. A medida que avanza la película, el espacio se vuelve gris y claustrofóbico, como el rostro de Hitler, que adquiere una tonalidad cenicienta cuando se acerca el final.




 El guión está basado en testimonios de personas que sobrevivieron a la caída de Berlín. La voz de la narradora corresponde a Traudl  Junge, secretaria personal del Führer, quien, una vez muerto el dictador, logró escapar del ejército rojo y sobrevivir a la guerra. Murió en Alemania, hace pocos años. La acción del film se desarrolla a través de la mirada de Traudl, que se convierte en el personaje principal de la historia. 

Bruno Ganz encarna a Hitler en una interpretación soberbia;  su parecido con el original, fruto de una caracterización impresionante, llega a producir escalofríos. También resulta muy sugerente el papel de Eva Braun,  enigmática mujer que oscila entre la frivolidad y la trascendencia en un juego de primeros planos llenos de misterio y dobles sentidos. 
Debe de ser la primera vez que el cine muestra un rastro de humanidad (o sería mejor llamarlo normalidad) en la figura del dictador.  Tampoco son abundantes: unas pocas escenas que presentan a un hombre acabado, con temblores persistentes y la figura encorvada de un anciano prematuro. Una de esas secuencias "cálidas" es la que contiene una mirada de despedida entre Traudl y el Führer, o la secuencias del dictador jugando con su perro. En ese rasgo de ternura y afecto se  evidencia el lado amable del monstruo, algo que atrae y repele al mismo tiempo.
 





En la segunda parte la acción se acelera, se vuelve trepidante, nos muestra la arrogancia de los oficiales nazis, que se niegan a capitular ante las tropas rusas, sin creer aún que la caída de los dioses ha tenido lugar. La confusión de última hora trae consigo atropellados suicidios, huidas desesperadas, pero en ningún momento signos de duda o arrepentimiento. Una de las escenas más estremecedoras es la de Goebbels, ministro de propaganda, y su mujer, que poco antes de suicidarse  envenenan a su seis hijos con cápsulas de cianuro.

La película termina ahí, pero las heridas originadas por el conflicto seguirán abiertas durante generaciones enteras. A partir de 1945 surgirá un nuevo concepto de guerra que cambiará la Historia. Las barbaridades cometidas por el Tercer Reich hicieron realidad la célebre frase de Nietzsche: “Dios ha muerto en el corazón del hombre”. “El hundimiento” expresa de manera impecable lo que debió de ser aquella realidad, aquel horror en el que algo se había quebrado para siempre; algo, sin duda, sutil e inconcreto, como los hilos invisibles que conforman el alma.



Carmen Cabeza Martínez

martes, 20 de noviembre de 2018

Grease o la posmodernidad

  Grease o la postmodernidad

Desenfadada y ligera, Grease contiene una serie de referentes metaficcionales que conforman una especie de patchwork. Es un cóctel por la heterogeneidad de sus ingredientes (juego de géneros que confluyen en la película: musical, comedia, melodrama, cine de aventuras…), y es postmoderna porque la mayoría de las secuencias presuponen la complicidad del espectador, desde el guiño al cine épico (Ben-Hur en la carrera de aurigas versus coches tuneados por las bandas de T-Birds y  Scorpions en la carrera por el canal) hasta las referencias al melodrama de los años cincuenta, con alusiones directas a Sandra Dee  (actriz secundaria en melodramas de género como “Imitación a la vida” o “Retrato en negro”) o a Doris Day, la novia de América, de moral intachable, pudorosa y escrupulosamente peinada.



 En  la fiesta de pijamas de las Pink ladies, Rizzo, la chica “mala”, interpreta una canción (“Look at me, I’m Sandra Dee) donde se verbaliza esa comparación entre Sandy (Olivia Newton John) y Sandra Dee. También se hace referencia a Doris Day y Rock Hudson; al actor Troy Donahue, (cuya foto aparece en el tocador de Frenchy), un guaperas alto, rubio y bastante insulso que actuó en películas de principios de los 60 como “Verano de amor” y se convirtió en un ídolo para las adolescentes de la época. Sandra Dee representó papeles de muchachita ñoña, encarnando a un tipo de adolescente dócil y sumisa.



 En Grease las huellas cinematográficas son constantes, como el inicio de la carrera de coches en el canal, donde una rutilante Cha-Cha marca la salida con un pañuelo que se quita del cuello en un calco de la misma secuencia en “Rebelde sin causa”, con una adolescente Natalie Wood que hacía exactamente lo mismo. También se da una reiteración de elementos típicos del cine para adolescentes, como el baile del instituto, la chica buena (Sandy), las chicas malas (Rizzo, Cha-Cha…), el “musculitos” (un irreconocible Lorenzo Lamas  al comienzo de su carrera…)  Pero la cinta contiene muchos ecos, quizá menos perceptibles, como las escenas que recuerdan películas musicales de Elvis Presley, “Fiebre del sábado noche”, con un Travolta que se parodia a sí mismo en su papel de Tony Manero;  o  “West side story”, con  coreografías que recuerdan a la Rita Moreno  del famoso número  “America”.




 El resultado es un pastiche postmoderno excelente, que juega con la tradición cinematográfica, recicla materiales ya existentes y elabora una recreación de iconos para cinéfilos  y aficionados al cine que  ha resistido perfectamente el paso del tiempo. 

Carmen Cabeza

miércoles, 26 de septiembre de 2018

VERANO DEL 74


 Verano del 74
Fue la primera vez que escuché a Bob Dylan. El año de la dimisión de Richard Nixon y la revolución de los claveles. Por todas partes se escuchaban las rancheras de Vicente Fernández, el pueblo olía a estiércol y aquel olor se mezclaba con la fragancia del heno, el humo de leña y el viento de la sierra. Aire de flores y retama, un aroma a frío y flores amarillas que se transformaba bajo la radiante luz del día. Las moscas, inevitables, se posaban sobre el mármol del fregadero, revoloteaban sobre los bueyes lamiendo su mansedumbre lenta, bamboleante, y volvían a formar cráteres negros, pegajosos, sobre las boñigas.
  


 En el pueblo todos éramos parientes en mayor o menor grado. Los frutos de, al menos, dos generaciones de emigrantes volvían cada verano a la meseta para secar la humedad del norte, aunque Valverde de la Sierra no formaba parte, en realidad, del paisaje estepario, sino que se elevaba sobre un valle fértil, al pie de una mole caliza llamada  Espigüete.

 La tierra era adusta, pero bella; una tierra umbría, patriarcal, de inviernos aciagos al acecho de perros salvajes y veranos de siega, pastizales e intenso color a brezo en las quebradas. Los veraneantes nos encontrábamos en el río, al borde de una poza donde sólo se bañaba la chavalería, porque sólo nosotros podíamos aguantar sin aspavientos aquella sensación de frío. Las madres nos repartieron por grupos las casas, y a mí  me tocó dormir con mi prima Belén en la casa del tío Santos, en una habitación que había encima de los establos, sin saber que era la misma donde habían dormido mi madre y sus hermanas mientras duró la guerra, aunque la guerra, en realidad, no llegó a pasar por el pueblo, porque Valverde era una especie de limbo, un lugar apartado a donde no llegaron ni rojos ni nacionales, y sólo de vez en cuando, a lo lejos, se oía el estallido de las bombas, como un escalofrío. Mi abuelo Felipe, que se había librado de la muerte por una carambola del destino, huyó de Oviedo y vino a buscar refugio en el pueblo para evitar ser fusilado junto al muro del cementerio de San Salvador, que era donde llevaban a  “los paseados” al amanecer.


 

Pero yo entonces no lo sabía. Lo ignoraba casi todo, por eso pasé un verano feliz dedicándome a haraganear, a remontar el cauce del río y correr por las eras. Las antiguas escuelas, donde habían estudiado mi madre y mis tías en el 38, permanecían cerradas desde hacía años, y nos servían de cuartel general cuando la actividad decaía o hacía mal tiempo. A la hora de la siesta escuchábamos música en un desvencijado radio-cassette., y allí, en aquellas aulas vacías, junto a las rancheras de Vicente Fernández, escuché por primera vez a Bob Dylan y traduje algunas frases de sus canciones, que traían respuestas flotando en el viento y a Mr. Tambourine  y a Sarah, y a un boxeador tronado. Dylan decía que los tiempos estaban cambiando, pero a mí me parecía que nada había cambiado en aquel lugar desde hacía siglos, ni en el blanco de sus paredes encaladas ni en la rusticidad de los  fogones que se abrían en el vientre de las casas.

 
 

Nunca regresé al pueblo del abuelo. Sin embargo, el recuerdo de aquellas vacaciones del 74, cuando aún no existía el pantano y el valle del viejo Riaño no había sido sepultado bajo las aguas, permanece intacto en mi memoria como la impronta del primer cigarrillo, los primeros besos o las noches de confidencias a media voz. Vendrían más veranos y canciones,  años de luz y de sombra, décadas que se llevaron media vida por delante, pero aún recuerdo el sabor de la leche recién ordeñada, su densidad fuerte, compacta, una sensación irrepetible, como la desolación agreste del paisaje o las notas de aquella música extranjera que escuchaba por primera vez.
Fue en agosto del 74; el mismo año de la revolución de los claveles y de la dimisión de Richard Nixon… Aquel verano en que descubrí a Bob Dylan.
 

lunes, 3 de septiembre de 2018

LA LUZ DE SOROLLA



Paseo a orillas del mar, de 1909. Retrata a su mujer y a su hija caminando por la playa de Valencia al atardecer, mientras la brisa marina hace ondear sus ropas. Obra de madurez artística que muestra su dominio de la expresividad pictórica y el magistral tratamiento del color y la luz, tendencia que se llamó Instantismo o Luminismo valenciano, enmarcada en el movimiento Postimpresionista español.

Bajo el toldo, Zarautz. Refleja el veraneo elegante de las playas del norte (San Sebastián, Biarritz...) donde suele acudir la burguesía española de principios de siglo.

Desnudo de mujer, de 1902. Es un retrato de la esposa del pintor, Clotilde García del Castillo.


María en la granja, de 1907. María, hija del pintor, tenía entonces diecisiete años. Al lado hay un vestido bordado que imita el original



Exposición en Madrid. Primavera del 2018. Vestidos de época.



Madre (1895). Lienzo que conmemora el nacimiento de su hija menor, Elena. Mar de blancos entre los que solo sobresalen la cabeza de la recién nacida y la de la madre. Transmite mediante la luz y el color intensas sensaciones físicas, con la emoción tamizada en esa blancura de la que emergen las cabezas de ambas, como si todo lo demás, el mundo entero, desapareciera ante esos instantes de intimidad y recogimiento.



Después del baño (1915)


lunes, 11 de junio de 2018

El mundo subjuntivo de la plaza Feijoo




El mundo subjuntivo de la plaza Feijóo

Hubiera preferido iniciar mi itinerario en Uría, subir después la calle San Francisco y atajar por la Corrada  hasta la facultad de Letras. Pero lo habitual era que aterrizáramos en la estación de los Alsas, caminásemos por General Elorza hasta Foncalada y subiéramos entonces la Gascona. Allí empezaba el último tramo: un corto paseo por la  muralla  hasta doblar la  esquina de la calle San Vicente.

Ahora, volviendo la mirada atrás, creo que hubiera sido preferible  escoger  otra ruta para llegar a la plaza Feijoo.   Porque lo cierto es que  no nos urgía la prisa. Las clases nunca empezaban a la hora, y los quince minutos de cortesía se cumplían en todos los casos, curso tras curso.  Entrábamos, todavía de noche, a la primera clase. Con el transcurso de los meses decidimos fumarnos la asignatura  de Lengua y desayunar en el café Sevilla o la División Azul, una especie de búnker falangista abarrotado de estudiantes que tomaban allí los pinchos de tortilla más baratos en millas a la redonda. A las diez comenzaba la clase de Crítica literaria, con Carmen Bobes, que nos enseñaba a psicoanalizar a Kafka, en una época en que  la teoría del psicoanálisis todavía conservaba algún  prestigio.





Entre clase y clase paseaba por el Oviedo antiguo. Delante de la casa del Deán imaginaba erróneamente que se trataba de la vivienda del Magistral. Al dejar atrás la Corrada del Obispo entraba en el tránsito de Santa Bárbara, mi rincón favorito, con la torre románica de San Miguel, donde me figuraba historias bárbaras, princesas godas y conjuras palaciegas. A veces entraba en el recinto de la catedral, recorría las capillas laterales y creía contemplar el sórdido beso de Celedonio en el capítulo final de la Regenta; me parecía sentir en los labios la viscosidad de los sapos de Vetusta, mientras los pies desnudos de Ana Ozores desfilaban bajo la lluvia de un viernes santo. Algún día también creí ver a Lena Rivero en el trascoro,  entretenida en visiones místicas, con la cabeza llena de mariposas negras.






A veces, en los recreos, nos acercábamos al horno del Molinón, en la calle del Águila. Entrar allí una mañana de febrero y repostar con el olor a pan recién hecho y los bollinos calientes nos proporcionaba energía para aguantar tres horas más de clases, en su mayoría anodinas, algunas impagables, como las de Emilio Sagi, que nos desgranaba los secretos de la obra de Tennessee Williams y el teatro de Arthur Miller. O el meticuloso análisis de la Regenta que nos regaló Cachero.

Cuando hacía buen tiempo nos sentábamos ante la estatua de Feijoo, bajo la piedra de su hábito talar, arremolinándonos en el pedestal de esa figura pensativa que parecía filosofar rodeado de una corte de estudiantes que daban voces a sus pies. Luego subíamos de nuevo a clase.  Escuchábamos los versos de Chaucer recitados por Patricia Shaw, al profesor Álvarez Buylla mostrándonos los entresijos de los románticos ingleses y los sueños aliñados de opio de Coleridge o De Quincey… 






Todo aquello sucedía hace más de treinta años, en la ubicación dudosa de un recuerdo, en ese lugar anclado en la nostalgia de un tiempo inexistente. La verdad es que en ese mundo subjuntivo perduran tan solo los deseos y los desvaríos de la memoria. Pero esa percepción inexacta es lo único que nos queda. Lo único que guarda la esencia de aquellos años, cuando éramos rabiosamente jóvenes;  y algunos de nosotros tan intensos que llegamos a creernos inmortales.


Texto de Carmen Cabeza Martínez, publicado en la antología Oviedo, libro abierto (ediciones Trea, Oviedo 2016)
 

martes, 8 de mayo de 2018

Tiempo de silencio


Entre sus páginas flota el ambiente del formaldehído, un olor a fenol desinfectante que revela la asepsia del quirófano, como si la novela realizara una autopsia a la sociedad y al mundo, lo diseccionara con escrupuloso pulso de cirujano y la atmósfera en sus páginas se volviera cada vez más densa y grave, como el silencio de una morgue.
La enfermedad como metáfora siempre ha estado presente en la literatura; muchas veces, la figura del escritor se asemeja a la de un curandero o chamán que extirpa los tumores del mundo con un escalpelo y analiza sus resultados. Una novela puede contener un diagnóstico, sacarle las vísceras a una sociedad enferma y  exponerlas a la luz blanca e hiriente de una mesa de operaciones. Al fin y al cabo, la  ficción siempre ha estado poblada por personajes  enfermos física o mentalmente; neurosis, hipocondría y demencia se han paseado por la historia literaria desde hace siglos.
En Tiempo de silencio, el protagonista parece un alter ego del autor. Martín Santos, escritor y médico psiquiatra, podría identificarse con su personaje, Pedro, joven investigador que fracasa en sus aspiraciones de descubrir una cura para el cáncer. El protagonista de la novela es detenido por participar en un aborto ilegal, y aunque logra salir de comisaría libre de cargos, es despedido del centro de investigaciones científicas donde trabaja. 


Impregnada de pesimismo, la novela expresa una desesperación existencial que enlaza, por su visión de España, con el pensamiento de Goya, Larra y Valle-Inclán. La descripción del Madrid de 1949 constituye un retrato magistral de las diferentes clases sociales. Intelectuales, burguesía, hampa y proletariado aparecen reflejados en sus páginas a través de complejas fórmulas narrativas, en un alarde experimental que utiliza los más variados registros lingüísticos y las técnicas más innovadoras.
Y tras este soberbio uso del lenguaje, un nihilismo demoledor, la mirada de un científico cuya crítica no engloba sólo a la dictadura franquista,  -retrato brutal de un sistema represivo e hipócrita-,  sino a la sociedad entera, al mundo, a la naturaleza humana en su conjunto, porque el autor va más allá de una ciudad o un país concreto; expresa una decepción de carácter existencial, en la que nadie ni nada se salva. Tampoco Pedro, su protagonista, prototipo del antihéroe, médico sin vocación que se mueve fundamentalmente por impulsos de vanidad. En sus investigaciones, encaminadas a descubrir un medicamento contra el cáncer, no le guían impulsos humanitarios, sino un deseo salvaje de triunfar e incluso de ganar el premio Nobel:

“De ahí puede surgir el origen de otro descubrimiento más importante todavía por el que el rey sueco pueda inclinarse sobre nosotros hablando en latín o en inglés...”


En sus delirios por alcanzar ese sueño, no le importa que alguna de las muchachas que crían a los ratones para su experimento se pueda “contagiar” de un cáncer virásico, ya que este hecho probaría su hipótesis:


“¡Oh, qué posibilidad apenas sospechada  (..)  de que una –con una bastaba- de las mocitas púberes toledanas hubiera contraído, en la cohabitación de la chabola, un cáncer inguinoaxilar ...”

Sin embargo, Pedro resulta moralmente superior al resto de personajes que desfilan por la novela como alimañas surgidas de un paisaje esperpéntico: el Muecas, el Cartucho, Amador, el Mago... son sujetos repulsivos descritos con rasgos expresionistas, pero certeramente retratados a través de la modalidad lingüística, (jerga del lumpen), que utilizan en sus diálogos.

“Ahuequé. Limpié bien el corte y lo encalomé en el jergón. Vino la pasma y a preguntar. “Derrótate Cartucho” Y palo va palo viene. Pero yo nanay ... “


La ciudad, el barrio, las chabolas son como organismos guardados en cloroformo a los que se les practica un estudio clínico. Martín Santos alterna capítulos de registro coloquial y vulgar con otros llenos de tecnicismos y nomenclatura científica. A lo largo de la novela se incluyen términos médicos como mitosis, motoneuronas, córtex, neoplasia, oligofrénicas, neuroblastos… Este tipo de léxico aparece, sobre todo, en los monólogos interiores del protagonista:


“Como si la grasa esteatopigia de las hotentotes no estuviera perfectamente contrabalanceada por la lipodistrofia progresiva de nuestras hembras mediterráneas.”

“... menguado pasto para los gusanos a través de cualquiera de las complicadas formas del morir hambriento (tuberculosis, escrófula, latirismo, eruptos de sangre, temblor progresivo de los calcañares... “

En este uso científico del lenguaje parece adivinarse un intento por plasmar la neutralidad, un deseo de distanciamiento, como si el médico-escritor estuviese haciendo experimentos con sus personajes y éstos no fueran más que cobayas de laboratorio; como si, gracias a ese lenguaje frío, adquiriera la precisión de un cirujano para extirpar, cortar o viviseccionar a sus personajes. Pero, a la vez, el frecuente uso de términos ininteligibles para los no profesionales de la medicina suele producir el efecto contrario, y  otorgar al texto el cariz de magia y de misterio típicos del pensamiento primitivo sobre  lo inexplicable y maravilloso. Con el uso de un lenguaje especializado consigue una intensificación poética del mismo. Por eso la lectura se impregna de fascinación e intentamos descifrar las palabras desconocidas como si de un mensaje encriptado se tratara.



La prosa de Martín-Santos está llena de prodigios, de enumeraciones aparentemente caóticas, de páginas hechas de sucesiones de palabras con carácter poético, de imágenes surrealistas con una rara e inusual belleza:

“Magma la protoforma de la vitalidad que nace. Magma la fuliginosa pegajosidad del esperma. Magma la roca fundida en su estado primitivo, antes de que se degrade en piedras.”   

 “Esferoidal, fosforescente, retumbante, oscura-luminosa, fibrosa-táctil, recogida en pliegues, acariciadora, amansante, paralizadora recubierta de pliegues protectores, olorosa, materna ...”

Tiempo de silencio  es una novela proteica, que encierra dentro de sí multitud de historias y diferentes lecturas. En Martín-Santos están presentes el escritor y el médico; el narrador brillante que maneja el oficio de escribir con la perfección de un orfebre, y el médico cuya misión es curar, no sólo a sus pacientes sino también a la sociedad entera; un doctor que desinfecta, limpia las llagas, cauteriza las heridas y extirpa los males de una humanidad maltrecha. Ambos, médico y  escritor, intentan llegar a esa curación ideal del mundo, pero fracasan en el intento.  En Tiempo de silencio  la conclusión resulta demoledora: tras hacer la autopsia a la realidad, sólo quedan los restos de un naufragio: un hombre fracasado y sin esperanza y una sensación de náusea insoportable, más vacía y profunda que la propia muerte.

Carmen Cabeza

viernes, 20 de abril de 2018

Té en el Claridge's



“Cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida”

                                                                    Samuel Johnson                

 Si lo que se entiende por “estilo inglés” tuviera que ser resumido en unas cuantas imágenes, la siguiente enumeración podría servir como síntesis: campos azules de lavanda, juegos de porcelana Wedgwood, telas de cretona, estampados de flores “chintz”,  primorosos parques,  casas de estilo isabelino, el tradicional pub inglés, un ambiente acogedor (“cosy”)  y, por supuesto, el té de las cinco. Pero también la flema, el cricket, la tolerancia y los paisajes de Constable podrían simbolizar lo mejor de la cultura inglesa.
 Desde Brighton a Newcastle, de Liverpool a Cornualles, el pueblo inglés se encuentra unido por un irrefrenable entusiasmo hacia la realeza, el consumo de té, la jardinería y la tradición.  Clasicismo y modernidad se dan la mano en un país donde conviven ancianas señoritas Marple y guardias pulcramente uniformados junto a jóvenes góticos, punkies alternativos o ruidosos hooligans. Esta convivencia es todo un ejemplo de civilización en ciudades como Londres, donde británicos, paquistaníes, indios, africanos, jamaicanos, chinos y varios miles de turistas comparten el aire de una Babelia desbordada por la que transitan, a diario, riadas humanas que se aglomeran, sobre todo, en el centro de la urbe, en zonas tan concurridas como Piccadilly Circus o Leicester Square.
 Una de las mejores formas de ver la ciudad es desde el piso superior de un rojo autobús londinense, (el metro, o tubo, como lo llaman los ingleses, resulta  más rápido pero es muy viejo y tiene un halo siniestro; de hecho,  alguna vez las vías son invadidas por manadas de ratas). Existe una inmejorable red de autobuses urbanos con los que se pueden  recorrer las largas avenidas que bordean Hyde Park, cruzar el Támesis, desplazarse hasta el norte de Londres o llegar al hotel. También resulta delicioso darse un paseo por las calles peatonales de Covent Garden, o merodear por alguno de los mercadillos que  proliferan en esta ciudad-mercado, (“nación de tenderos”, que dijera Napoleón), como el casi legendario Portobello Market,  Brixton Market, con sus artículos africanos y caribeños, olor a especias y música  reggae,  o  los  puestos  rodeados de  canales de  Camden Town.



Otra de las experiencias que uno no  debería perderse en su  visita a Londres es la ceremonia del té.  Se dispone para ello de numerosos establecimientos y salones, como el glamuroso  Claridge’s,  (Bond Street), un magnífico palacio convertido en hotel donde se puede degustar el típico té a la inglesa, con sandwiches de pepino, pasteles y deliciosos “scones” (bollitos rellenos de pasas) untados con mantequilla y mermelada.  El té de las cinco puede ser una oportunidad única para disfrutar, sin arruinarse, de esta tradición clásica en el ambiente suntuoso de un gran hotel.
Tras el ritual del té  -lujo y refinamiento-  en el hotel Savoy, el Dorchester o el Claridge’s, se puede deambular sin rumbo fijo por las numerosas calles que conforman el centro de Londres: perderse por el bullicioso Covent Garden, donde mendigaba Audrey-Eliza Doolittle antes de transformarse en “My fair lady”;  asomarse a los escaparates de carísimas sastrerías en Savile Road, lugar de residencia de  Phileas Phogg, aquel atildado caballero inglés salido de la pluma de Julio Verne; o bien seguir caminando hasta Charing Cross y  allí hojear las últimas novedades editoriales en la prestigiosa librería Foyle’s ...

Coexisten muchos aspectos diferentes dentro de esta  inmensa metrópoli, como si de la ciudad de las mil caras se tratase, pero, en mi opinión, Londres está marcado por un indefinible aire de misterio. Y aunque las brumas decimonónicas han abandonado ya el cielo londinense, una ligera niebla se eleva, a veces, desde el Támesis, en la humedad de la noche, otorgando a las calles aledañas un ambiente tétrico e inquietante. A los ingleses les encanta esa atmósfera oscura que huele a crímenes y a sangre, un olor a cadáver que pulula por las novelas de la genial Agatha Christie y que los británicos han sabido comercializar muy bien en lugares como el London’s Dungeon,  (escalofriante parque temático en el que se exhiben los tormentos aplicados a los reos desde la Edad Media), las visitas turísticas a pie por Baker Street, donde se ubicaba el despacho del famoso Sherlock Holmes,  o  Whitechapel, distrito en el que Jack el Destripador cometiera sus crímenes en 1888, o la mismísima Torre de Londres, donde se pueden visitar las mazmorras, los potros de tortura o el cadalso que fue testigo de la ejecución de miembros de la nobleza como Ana Bolena o Jane Grey. 


La afición de los británicos por lo sobrenatural llega a extremos de inventarle fantasmas a cualquier castillo o mansión que se precie,  manía persecutoria que caricaturizó el irlandés Oscar Wilde en  El fantasma de Canterville.  Sin falta de acudir a ejemplos literarios, yo misma escuché a un profesor de inglés asegurar, absolutamente convencido, que había contemplado el espectro de una mujer paseándose tranquilamente por su castillo con la cabeza en la mano.

Un ambiente onírico, casi irreal, rodea a esos  pueblos ingleses llenos de  cautivadoras cottages,  tejados de paja, ventanas emplomadas estilo Tudor y primorosos jardines, que me recuerdan   ciertas estampas, ( really  lovely), de encantadoras mascotas y paisajes de cuento de hadas, reflejos del  “kitsch” (cursilería) más edulcorado del siglo XIX.  Y es que en el país pervive aún la huella indeleble de la época victoriana, en los detalles, los estampados, la decoración o los dibujos infantiles de Beatrix Potter ... Un rastro de emociones inefables que van más allá de la mera ñoñería y se perciben en la pintura  de Millais  (cuadros como “La niña ciega” o “El nido”), y en las escenas bellamente policromadas de los prerrafaelistas. Una devoción por la infancia que ya había aparecido en  literatura, con personajes de niños desgraciados como Jane Eyre, huérfanos desamparados que protagonizan las novelas de Dickens, niños como Amy Dorrit, Oliver Twist o David Copperfield que representan la pobreza, la diferencia de clases,  la crueldad de aquella sociedad decimonónica o los brutales orfanatos de la época. Un Londres despiadado y clasista que aún flota en el recuerdo para dejar paso a una ciudad postmoderna, enorme ciudad mercado donde los centros comerciales constituyen un monumento al capitalismo más acervo y descomunal.  Selfridges, Liberty, Fortnum & Mason’s, se han convertido en verdaderos templos del consumo, como el laberíntico y archiconocido Harrods, donde millonarios con los bolsillos repletos de  petrodólares compran joyas, diamantes, ropa de marca o Rolex de oro, mientras los turistas adquieren  bolsas de plástico o peluches a precio de escándalo.


Londres posee el encanto de la tradición más anacrónica y de la  más extravagante modernidad;  una mezcla única donde las crestas multicolores perviven al lado de estrafalarios sombreros, donde  las carreras de Ascot o las ceremonias del más rancio abolengo coexisten junto a  la tecnología punta y la moda de vanguardia,  donde la vorágine del ruido y la aglomeración de Oxford Street  son compatibles con la silenciosa tranquilidad de Holland Park...
Pero, sobre todo, Londres es capaz de regalar al viajero la posibilidad de vaciarse, la sensación de poder convertirse sin esfuerzo en alguien distinto  de sí mismo y adoptar, temporalmente, la personalidad de un ser desconocido. Y  esa experiencia inverosímil es quizá su mayor privilegio. Parafraseando a Melville:
“Hay dos lugares en el mundo en los que una persona puede desaparecer por completo; la ciudad de Londres y los mares de Sur.”

Carmen Cabeza