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viernes, 1 de julio de 2016

EL CAMINO



Roncesvalles era el presagio. El inicio. Un punto de partida que poseía la belleza de una piedra milenaria.
El verde profundo de los bosques que bordeaban el camino ofrecía sendas umbrías, tentadores recodos en los que apetecía detenerse, porque, al fin y al cabo, salirse del camino programado no solo resultaba fácil sino fascinante. Entretenerse, merodear, dibujar meandros en nuestro recorrido, era como descubrir otro viaje distinto: el del azar, el destino, el libre albedrío...
La curiosidad nos impulsaba a demorarnos por vericuetos desconocidos, a dar un rodeo y perdernos por espacios diferentes a los que figuraban en nuestra hoja de ruta. 



Uno se imagina que el desplazamiento en el espacio es también un viaje en el tiempo, un viaje que nos ofrece la posibilidad de recalar en el medievo, respirar el recogimiento de la iglesias románicas e impregnarnos de la sacralidad del canto gregoriano... El camino de Santiago nos hace imaginarnos a nosotros mismos hace cientos de años, en compañía de peregrinos occitanos, ministreles, trovadores, tedescos y vascones, cantadeiras venidas de allende los mares, peregrinos que compartían el pan, el vino y la olla podrida de los monasterios, que dormían en la comunidad de las frías estancias abaciales, oliendo el humo de las hogueras que ardían por doquier y escuchando los cantares de gesta de boca de los juglares y de los músicos...

Ese camino iniciático había comenzado en Roncesvalles, pero no teníamos ni idea de dónde terminaría. Algunos pensábamos que no finalizaría jamás, que lo recorreríamos más allá de Finisterre, más allá del océano, una y otra vez, quizá hasta más allá de la muerte...

Carmen Cabeza

jueves, 23 de junio de 2016

LA ESPERA



"A  Jaime, aquel enamorado de inagotable paciencia que esperó toda una vida por Marlene"


Jaime, perdido, sufre la tormenta de las horas bajo sombras de hojalata, asfalto por zapatos, bolsas de basura gris, y la noche, como un guante de cuero que se traga coches, semáforos y gráciles sirenas que pasean medias de cristal, le besa en la nuca.

Jaime, desesperado, espera a Marlene bajo la lluvia, verde como su boca, roja como el beso de Marlene, ámbar  como los ojos del recuerdo, y el agua es tan espesa que se convierte en un mar de expectación, y el tiempo es tan grande, se ha ensanchado tanto, que se impregna de un olvido tenue y oxidado como las tuberías de esta ciudad. Y, así, sin darse cuenta, han ido pasando las horas y Jaime ha esperado tanto tiempo a su amada que los ojos se le han llenado de canas, y las sienes de surcos profundos e indeseables, y hasta el semáforo rojo ha sido arrastado por la dilatada espera  que no ha tenido fruto ni sentido.

Ahora, el cielo se tiñe de azafrán y violeta y pasea la sombra de las lágrimas, mientras, viejo ya, sin esperanzas, Jaime continúa esperando a Marlene bajo la lluvia...

Carmen Cabeza


martes, 22 de marzo de 2016

¿Por qué escribimos?




La necesidad o el vicio de escribir, esa suerte de pasión inasequible al desaliento que a algunos nos impulsa a coger el lápiz o el bolígrafo una y otra vez, ¿para qué sirve, si es que sirve para algo?
¿Lo hacemos para liberar nuestras filias y nuestras fobias? ¿Para cauterizar heridas? ¿Para vengarnos de nuestros enemigos de una manera limpia y cruenta, sin derramamiento de sangre…?   
Quizá escribir no sea más que una enajenación transitoria. Como decía Greene: “Las personas reales estamos repletas de seres imaginarios”, y quizá escribimos porque necesitamos materializarlos, escapar así de una realidad que nos encierra en límites demasiado estrechos.  O, simplemente,  porque la literatura hace que todo lo que nos rodea se vuelva soportable y resulte más llevadero vivir en el sueño, al amparo de ficciones que consuelan y anestesian.

Escribir y leer son hábitos que se parecen mucho al gesto de abrir puertas y ventanas. Una frase de Rosa Montero explica a la perfección esa insobornable necesidad de literatura: “Dejar de leer representaría para mí la muerte instantánea, sería como vivir en un mundo sin oxígeno.”



Y es que el lenguaje tiene un enorme poder. La palabra libera, exalta, apasiona...  Es  capaz de generar emociones, ese idioma  universal que mueve todo tipo de resortes en lectores y escritores. No se trata de un sentimentalismo fácil, sino de emoción lisa, llana,  visceral.
Cuando leemos, podemos meternos en la piel del otro. Nos sentimos como Iván Denisovich, por ejemplo. Somos Gregorio Samsa, Ana Ozores o Aureliano Buendía en sus cien años de soledad. Nos sentimos extraños como Meursault, el extranjero, o confiamos en la bondad de los desconocidos, como Blanche du Bois. Somos ellos y sentimos como ellos, porque gracias a la ficción podemos asomarnos a las vidas de esos héroes y antihéroes que han habitado durante siglos la historia de la literatura.

 En palabras de Luis García Montero: “La capacidad de fabular sirve para legitimar la disidencia, para comprender por dentro la vida de los otros, para sentir amor e imaginar alternativas contra la injusticia”.

En definitiva, la ficción nos hace entender mejor, mirar más lejos y más profundo. 
Creo que por esa razón continuamos leyendo y escribiendo…
 


jueves, 29 de octubre de 2015

EL AMANTE de M. Duras


"La casa entera huele, despide el olor delicioso de la tierra mojada después de la tormenta, es un olor que enloquece de alegría, sobre todo cuando va unido a otro olor, al del jabón de Marsella, el de la pureza, el de la honestidad, el de la ropa blanca, el de la blancura, el de nuestra madre, de la inmensidad del candor de nuestra madre. El agua desciende hasta la avenidas."

"...durante la travesía de ese mismo océano, también ya estrenada la noche, en el gran salón del puente principal se produjo el estallido de un vals de Chopin... (...) ... y lloró porque pensó en el hombre de Cholen y no estaba segura, de repente, de no haberle amado con un amor que le hubiera pasado inadvertido por haberse perdido en la historia como el agua en la arena y que lo reconocía solo ahora, en este instante de la música lanzada a través del mar."

 
"Eso sucede en el barrio de mala fama de Cholen, cada tarde. Cada tarde esa pequeña viciosa va a hacerse acariciar el cuerpo por su sucio chino millonario. Va también al instituto donde van las niñas blancas, las pequeñas deportistas blancas que aprenden crowl en la piscina del Club Deportivo. Un día les ordenarán que no dirijan la palabra a la hija de la directora de Sadec."

"Años después de la guerra, después de las bodas, de los hijos, de los divorcios, de los libros, llegó a París con su mujer. El la telefoneó. Soy yo. Ella le reconoció por la voz. El dijo: solo quería oír tu voz. Estaba intimidado, tenía miedo, como antes. Su voz, de repente, temblaba. Y con el temblor, de repente, ella reconoció el acento de China. (...) Le dijo que era como antes, que todavía la amaba, que nunca podría dejar de amarla, que la amaría hasta la muerte."


"Ha arrastrado... la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selvas, incendios extinguidos, pájaros muertos, perros muertos, tigres ..., islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico..., todo es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior..."

"... también ella lloró. Lo hizo sin dejar ver sus lágrimas, porque él era chino y esa clase de amantes no debía ser motivo de llanto...  El gran coche negro estaba allí. Lo reconoció por esas señales. La forma apenas visible, abatida, que se hallaba en la parte trasera del coche era él. Ella estaba acodada en la borda, como la primera vez en el transbordador. Sabía que la miraba. Ella también lo miraba, ya no le veía pero seguía mirando hacia la fortaleza del coche negro. Y después, al final, ya no le vio."


 
"La cama está separada de la ciudad por esas persianas de rendija, esa cortinilla de algodón.(...) Los olores de caramelo llegan a nuestra habitación, el de cacahuetes tostados, el de sopa china, de hierbas, de jazmín, de ceniza, de incienso... El fuego se transporta aquí en cestos, se vende por las calles, el aroma de la ciudad es el de los pueblos del campo, de la selva."

"El ruido de la ciudad resulta tan próximo, tan cercano, que se oye su roce contra la madera de las persianas. Se oye como si atravesaran la habitación. Acaricio su cuerpo en ese ruido, en ese paso."

"Le había pedido que lo hiciera otra vez y otra. Que me lo hiciera. Lo había hecho. Lo había hecho en la untuosidad de la sangre. Y, en efecto, había sido hasta morir. Y ha sido para morirse."

viernes, 19 de julio de 2013

FETICHE


Dimas tenía nombre de verdugo. Había algo entrañable en él, un no sé qué de enternecedor en sus desmañados gestos, en los ojos pequeños de tanto mirar hacia dentro, de tanto soñar con rubias esfinges de platino. Lo recuerdo con su torpeza habitual, sus cigarrillos interminables, la mirada perdida entre una niebla de emociones lejanas, inalcanzables...
Dimas coleccionaba imágenes de actrices rubias; también tenía una colección de encajes, ligueros y fetiches asociados a fotogramas míticos de mujeres que habían irradiado su luz dorada en las pantallas de los cines de barrio; semidiosas que le habían fascinado desde hacia tanto tiempo que el recuerdo se había perdido en la memoria...

Dimas adoraba sus iconos con devoción mística. Luego buscaba la réplica en otras mujeres de carne y hueso; buscaba una imitación dorada y curvilínea, un sustituto que recibiera el enorme peso de sus caricias almacenadas en veinte años de sueños rubios, veinte años de pasión por aquellas venus de papel de senos rosados y turgentes, años de viajes iniciáticos por las curvas interminablemente exploradas que hurgaba, penetraba, succionaba y mordía con fruición.  Deseaba aquella carne de primera fabricada en el lejano Hollywood, imitada en los prostíbulos de la ciudad vieja, en los rincones de los muelles rebosantes de ratas y melenas teñidas, de vulvas oscuras e impenetrables, de desencuentros sin número en todos aquellos años de búsqueda del grial plateado...


Recuerdo a Dimas aquella última tarde lluviosa y gris, una tarde de canalones que rebosaban bajo un cielo indefinido, como el de las fotografías veladas. Había sido un día desafortunado y sucio, como la vida de los pobres, una jornada de poca clientela y poco dinero; quizá por eso, por la indolencia pesada de la tarde, intuí el peligro alrededor de Dimas, su apariencia de víctima fácil, propiciatoria, y cuando vi llegar al Jaco con la mirada turbia de tanto meterse porquerías en el cuerpo, supe que algo iba mal, terriblemente mal. Miré a Dimas, ignorante del peligro, sus ojos de perro dulce, las toscas manos de desgastada ternura, su boca que esbozaba una sonrisa ausente... Fue entonces cuando supe que nunca le volvería a ver...

Carmen Cabeza Martínez

lunes, 13 de febrero de 2012

Instrucciones para escribir un cuento



"Los dos primeros cuentos -El rastro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes- los escribí en 1976, y los publiqué enseguida en suplementos literarios de varios países. No me tomé ni un día de reposo, pero a mitad del tercer cuento, que era por cierto el de mis funerales, sentí que estaba cansándome más que si fuera una novela. Lo mismo me ocurrió con el cuarto. Tanto, que no tuve aliento para terminarlos. Ahora sé por qué: el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua...


Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura. Alguien que no recuerdo lo dijo bien con una frase de consolación: "Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica". Es cierto que no rompí los borradores y las notas, pero hice algo peor: los eché al olvido"


Gabriel García Márquez: prólogo a Doce cuentos peregrinos


Ranchipur existe...


Con este tiempo inclemente, me refugio del frío leyendo, de forma itinerante, varios libros a la vez. De esta manera, alterno La conjura de los necios, de J.K.Toole, con Volvieron las lluvias, de Louis Bromfield, un novelón de ochocientas páginas famoso sobre todo, por sus adaptaciones al cine. La primera, protagonizada por un irresistible Tyrone Power, fue más alabada por la crítica que la otra, pero yo prefiero la segunda versión, titulada Las lluvias de Ranchipur, quizá por el magnetismo que se establece entre la pareja protagonista: Richard Burton, uno de mis actores preferidos y la sensual Lana Turner en su época de esplendor.

Intento combatir aún más las bajas temperaturas de febrero compartiendo la lectura de las dos obras anteriores con otros títulos; por ejemplo, La esfinge maragata, magnífica obra de la olvidada Concha Espina, una sorprendente narradora que ha sido defenestrada del panorama literario desde hace décadas... Hace unos días empecé Bomarzo, obra de culto del escritor argentino Mujica Lainez.




Personajes y libros se intercalan, se suceden unos a otros ocupando su sitio en el imaginario de lo no real; conquistan, a duras penas, un espacio en ese viejo almacén donde se ubican objetos, palabras y liturgias que proceden de la ficción. Como si no existiera nada más allá de lo imaginado, tenemos que vivir otras vidas para soportar las nuestras. Somos animales narrativos que apuran sus tareas cuanto antes para poder enfrascarse en historias ajenas, lecturas, películas, realities, mundos virtuales... ¿Es tan áspera la vida que no tenemos más remedio que sumergirnos en la ficción?
Mientras tanto, Ignatius Reilly me hace reír mientras se pasea indolente por el barrio francés de Nueva Orleans y cada noche, en su rijosa habitación, escribe la gran obra maestra de la literatura universal. Poco después me sumerjo en la lluvia que anega Ranchipur, respiro el olor de la tierra, el calor sofocante de sus páginas, y continúo con las aventuras de Orsini y su brillante cosmovisión del renacimiento italiano, la sacralidad del bosque de Bomarzo, el virtuosismo de una escritura delirante... Y va pasando este febrero de fríos desapacibles, mientras me refugio en los libros y me oculto del mundo, me aletargo, me arrebujo entre cobijas y edredones y espero con desesperación que este invierno interminable se acabe de una maldita vez...

Carmen Cabeza Martínez

viernes, 18 de marzo de 2011

Cabaret, la película




Ya tenía ganas de hablar de cine. En concreto, de una de mis peliculas favoritas, (para mí el mejor musical de todos los tiempos)... Brillante, irónico, mordaz, con una intensidad que le viene dada por la base literaria, ya que el argumento está sacado de la obra semi-autobiográfica de Chistopher Isherwood, más concretamente de su novela Adiós a Berlín, publicada en 1939. Isherwood viajó a Alemania en 1930 y allí trabajó como profesor de inglés. Conoció al novelista E.M. Forster, y entre otras muchas personas, a una mujer, Jean Ross, que le inspiraría el personaje de Sally Bowles en Adiós a Berlín, el libro donde se tratan las complejas relaciones de una serie de personajes marginales que viven, como pueden, sus desordenadas vidas como exiliados en un Berlín que asiste, incrédulo, al surgimiento del fascismo nacionalsocialista. El cabaret es un lugar de evasión donde la gente acude para olvidarse de la amarga realidad cotidiana: la inflación, el miedo, la xenofobia... Mientras tanto, el nazismo se está incubando, el "huevo de la serpiente" está convirtiéndose en un enorme engranaje de poder que ya ha dado muestras de su violencia. Christopher Isherwood abandonó el país en 1933 por sus diferencias con el régimen nazi y el temor a la persecución.


La mayoría de nosotros ha conocido Cabaret a través del cine, en la película del mismo título dirigida por Bob Fosse. El talento de Fosse unido a la impresionante actuación de Liza Minnelli en el papel de la cantante Sally Bowles, dio como resultado una de las mejores películas musicales de la historia del cine. Aparte de la calidad de la coreografía o la puesta en escena, contiene fragmentos de increíble tensión dramática. Una escena, por sí sola, merece el visionado de la película: tres de los protagonistas se encuentran de excursión en el campo, y se paran en una cervecería al aire libre a tomar algo. Hace sol, hay familias comiendo, un grupo de niños rubios... Todo resulta muy idílico. De repente, uno de ellos se levanta y empieza a cantar una melodía muy dulce, a la que, poco a poco, se van incorporando otras voces, las de otros niños y adultos del local, pero la cancion va cobrando un tono más violento, se convierte en un himno militar, el chico rubio extiende el brazo al frente esgrimiendo el saludo fascista y la cámara se acerca a su brazo mostrándonos la cruz gamada en su manga. Toda la escena está rodada de forma tan magistral que nos sirve para entender perfectamente el nacimiento del nacismo, sin falta de leer un libro de historia.

Cabaret es una película de importante trasfondo político, pero los números musicales son los que la convierten en algo espectacular. Canciones como "Willkommmen, bienvenue" o "Money, money", se siguen escuchando con el mismo placer de hace treinta años. La coreografía de "Mein herr", con Liza Minnelli y un ballet de chicas encima de una silla, se ha convertido ya en un clásico del cine. Cabaret nace como musical de Broadway en los años 60, para ser representado en el teatro y allí, en el escenario, es donde transcurre la mayor parte de la obra, en un local berlinés de poca monta llamado el Kit Kat club. Alli Emcee, el maestro de ceremonias, canta, baila y presenta el espectáculo con monólogos llenos de descaro y sarcasmo, pero la protagonista indiscutilble es Sally Bowles, la cantaste solista del club.



Corre el rumor de que cualquier actriz llegaría a matar por conseguir el papel de Sally Bowles... Sally adora los escenarios por encima de todo; es capaz de arrriesgar cualquier cosa con tal de actuar. Descarada, espontánea, llena de vida, transmite una contagiosa vitalidad. Perdedora en cada nueva relacion amorosa que emprende, conmueve por su inocencia a pesar de su promiscuidad, porque posee rasgos de ingenuidad infantil.
Quizá uno de los mejores momentos de la película lo alcanza Sally, (una magnífica Liza Minnelli en la película de Fosse), cuando canta "Cabaret", una canción de gran dificultad vocal, llena de contrastes, con una voz profunda y ancha en la que afirma, sin paliativos, que la vida es un cabaret sin fin...

"Start by admitting from cradle to tomb / isn't that long a stay /
life is a cabaret, old chum, / it's only a cabaret, old chum, /
and I love the cabaret!!"

Que traducido, aproximadamente, viene a decir: "Admitamos que, de la cuna a la tumba, el viaje se pasa en un vuelo... La vida es un cabaret, tío; no es más que un cabaret, viejo... ¡ ¡Y yo adoro el cabaret! !"
Sin duda, como dice Sally Bowles en su canción, la vida es un inmenso cabaret, un escenario interminable donde se representan a diario la muerte, el amor y la vida; donde cualquier director de escena daría a los actores la instrucción más importante: "Pase lo que pase, el espectáculo debe siempre continuar"

lunes, 7 de febrero de 2011

Escritura automática


Los surrealistas utilizaron este tipo de escritura experimental como un proceso en el que no se debían razonar, unir o subordinar las frases, ni siquiera corregirlas, ya que entendían que la creatividad estaba en el caos y no debía ser ordenada ni reprimida. En principio resulta muy fácil decirlo, pero al final acabas corrigiendo cosas...
Música, laúd, jardín oscuro... Hay música en el salón azul, negros que tocan saxofones melancólicos, tristeza de cristal en los guantes de Gilda y un raso oscuro que brilla en sus hombros... El cine... Desierto amarillo de arenas humeantes, el cielo más azul y una fiebre extraña de pasados inalcanzables, de nada, lágrimas solas y compases de manos verdes, amores verdes y locos que susurran ilusiones verdes, como si aún hubiera tiempo, después de tanto, demasiado, enorme tiempo triste, tristeza... la tristeza que inunda las calles de esta ciudad gris.
Metálica tarde, mate sobre el cemento. Se inmovilizan la calzada, los coches, la atmósfera turbia de febrero. Hay luces que titubean entre los desconocidos. Decididamente estoy huyendo, escapo de nuevo, corro hacia lugares iluminados con luz de gas, lugares de ficción, teatros con luces de neón, carteles en rojo y negro: escenarios, drama, escenario, y no pensar, no pensar más en esa nube gris de pájaros y escarcha, no pensar, hay que aprenderse las lecciones de memoria, y las emociones sin derramar, bailes quebradizos en la oscuridad envolvente... Unos hombros cercanos, su garganta, el abrazo doblado en suspiros... la piel tenue... Nada...
Carmen Cabeza

lunes, 27 de diciembre de 2010

Adictos a la perfección


Lo hice. Pasé por el quiosco y no pude evitarlo. Volví a comprar una revista de decoración. Ya casi se me había olvidado que, al abrirla, sueles encontrarte con interiores impecables, suelos sin hollar, cocinas maravillosas donde parece que nunca se fríe un huevo y habitaciones imposibles, llenas de luz y de orden, con ventanas enormes y vistas que cortan la respiración. Hojeo las páginas de las casas de campo y no me queda más remedio que encogerme ante las flamantes fotografías de begonias, ciclámenes y erectos ficus en jardines frondosos como el bosque de Bomarzo. No puedo evitar mirar las dos plantas que me quedan y comparar el poderío de la vegetación con mis humildes geranios que se marchitan a ojos vista.
Le echo luego un vistazo a los magazines dominicales y recibo una serie de mensajes del tipo: "Una navidad para sentirte de cine", "50 dietas para después de las fiestas", o "Tu piel perfecta y sin manchas". Me miro en el espejo y repaso mi rostro en busca de granos o puntos negros. El resultado no está mal, pero eso no basta, (nunca es suficiente); debería parecer más tersa, diez años más joven, fresca y sin mácula, casi en estado de gracia, como las Inmaculadas vírgenes de Murillo...


Paso página y me encuentro con la sección: "Consejos del sexólogo" y leo titulares tan conminatorios como: "¿Quién manda en la cama?" (sic), acompañado del subtítulo: "Atrévete a tomar las riendas", e instrucciones del tipo "Cómo hacer que tu chico no se vaya con otra: secretos sexuales para volverle loco". ¿Pretenden domesticarnos como a odaliscas para el disfrute del sultán? Ya estoy harta de que en estas revistas nunca haya consejos prácticos para hombres o titulares del tipo: "Cómo dar placer a tu chica para que no se vaya con otro" y cosas así. Pero ya se sabe, deben pensar que las publicaciones cuentan con una mayoría lectora femenina, y por eso no se dirigen a un público masculino (aunque los hombres las leen, pero no suelen reconocerlo)
Al final me convenzo de que el secreto de las revistas es que el parecido con la realidad no aparece por ninguna parte, que ocultan constantemente ese mundo defectuoso e imperfecto que nos rodea. Se oculta tras decorados de lujo, en salones de diseño cuyos metros cuadrados exceden con mucho las dimensiones de una vivienda estándar, en tarimas brillantes con nombres tan exóticos como jatoba, tatayuba o wengué... (antes no se especificaba; se decía que los suelos eran de madera y punto pelota...)
¿Dónde está el parecido con la realidad en esas modelos de estatura inalcanzable y piel de satén? Parecen inhumanas, no enferman ni envejecen; son seres que la publicidad presenta absolutamente perfectos, inasequibles a los defectos o al paso del tiempo. ¿A quién no le genera frustración enfrentarse de forma permanente con ejemplos tan increíbles?
Me pregunto si alguna vez la publicidad cambiará de rumbo y decidirá poner en la revistas casas reales, lugares donde se viva y se transite, interiores con aspecto humano y seres de carne y hueso, con máculas y manchas, donde la normalidad y la fealdad no estén proscritas... Pero acabo convenciéndome de que el negocio de la publicidad radica en mostrarnos lo imposible, aquello que nunca podremos ser o tener, para generarnos un montón de frustraciones que nos hagan salir y gastar dinero... Así que, al final, tomo una decisión heroica, echo mano de toda mi fuerza de voluntad; decido bajar a la calle y tiro todas las revistas al contenedor de reciclaje.

sábado, 29 de mayo de 2010

MEMORIA


Las casas están llenas de tiempo. Los objetos de la memoria se multiplican hasta invadirlo todo: ocupan las esquinas, los pequeños espacios; acaparan armarios y cajones, se meten en la cama contigo, y junto a los recuerdos, tú también te vas cubriendo de polvo, con las lentejuelas doradas, los botones desprendidos de sus ojales o las entradas de viejos conciertos de rock que nunca pudiste tirar a la basura... Somos animales sentimentales y nos alimentamos de nostalgia. Es cierto. Tengo en casa cientos de objetos inservibles de los que me niego a desprenderme, porque me parece fascinante poseer algo capaz de contener el tiempo. No quiero tirar a la basura mi colección de monedas llenas de moho, los cromos de colores con los que jugaba en el patio del colegio o cierto tipo de cosas que siempre salvaré de la quema cuando decida hacer limpeza general. Sé que nunca me voy a deshacer de los antiguos boletines de notas, o de las cartas de amor que me escribieron, (sobre todo las ridículas -ya lo dijo Pessoa-), de algunos poemas igualmente ridículos, de los relojes rotos... Esos relojes oxidados que marcaron el tiempo en mi muñeca y ahora crían malvas en el fondo del joyero.
Me gustaría tener mucho sitio. Un desván enorme para almacenar recuerdos; un desván interior, con infinidad de rincones repletos de cajas, fotografías, trastos averiados, cicatrices, objetos perdidos... Pero, desgraciadamente, las casas son muy pequeñas. No tienen desvanes. La mía, ni siquiera trastero. Y la memoria no puede contener tal desmesura. Por eso, al final, nos castiga con el olvido, incapaz de cargar con semejante exceso de equipaje.
Carmen Cabeza Martínez