viernes, 1 de julio de 2016

EL CAMINO



Roncesvalles era el presagio. El inicio. Un punto de partida que poseía la belleza de una piedra milenaria.
El verde profundo de los bosques que bordeaban el camino ofrecía sendas umbrías, tentadores recodos en los que apetecía detenerse, porque, al fin y al cabo, salirse del camino programado no solo resultaba fácil sino fascinante. Entretenerse, merodear, dibujar meandros en nuestro recorrido, era como descubrir otro viaje distinto: el del azar, el destino, el libre albedrío...
La curiosidad nos impulsaba a demorarnos por vericuetos desconocidos, a dar un rodeo y perdernos por espacios diferentes a los que figuraban en nuestra hoja de ruta. 



Uno se imagina que el desplazamiento en el espacio es también un viaje en el tiempo, un viaje que nos ofrece la posibilidad de recalar en el medievo, respirar el recogimiento de la iglesias románicas e impregnarnos de la sacralidad del canto gregoriano... El camino de Santiago nos hace imaginarnos a nosotros mismos hace cientos de años, en compañía de peregrinos occitanos, ministreles, trovadores, tedescos y vascones, cantadeiras venidas de allende los mares, peregrinos que compartían el pan, el vino y la olla podrida de los monasterios, que dormían en la comunidad de las frías estancias abaciales, oliendo el humo de las hogueras que ardían por doquier y escuchando los cantares de gesta de boca de los juglares y de los músicos...

Ese camino iniciático había comenzado en Roncesvalles, pero no teníamos ni idea de dónde terminaría. Algunos pensábamos que no finalizaría jamás, que lo recorreríamos más allá de Finisterre, más allá del océano, una y otra vez, quizá hasta más allá de la muerte...

Carmen Cabeza

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