lunes, 28 de octubre de 2019
viernes, 17 de mayo de 2019
Poema de Juan Carlos Mestre

Hablo contigo...
Hablo contigo, ignoro dónde estás, hacia qué luz busca mi Ser el eco en que te escucho.
No hay usura en tu voz, yo sé que un aire limpio te respira, que algo redentor, alguna claridad que arrastra el río lleva
el pensamiento tuyo.
Hablo contigo, una intacta pasión vive en tu fósforo, una única luz que no se apaga mientras la muerte fluye, mientras
la muerte sufre esta palabra.
Y hablo, hablo contigo alrededor de un hueco, alrededor de mí como el que gira mutuo, como aquel que dentro de nosotros
es próximo y se acerca con su haz luminoso de pureza.
es de noche en los dos como metal oscuro, y vemos como largamente la verdad extiende su único hilo de saliva,
un único alfabeto en el rumor de todos.
Hablo contigo, oh bondad compartida de quien es silencioso, sombra de esa sombra que aletea y es vuelo de semejante
elocuencia, el que escribe, el que escucha, el que lámina a lámina va enhebrando en el eco una voz que responde,
esa voz en mí mismo, la que nos alumbra y persuade desde más allá de la muerte.
Juan Carlos Mestre, del libro La poesía ha caído en desgracia (1992)
(Pintura original de Juan Carlos Mestre)
lunes, 29 de abril de 2019
Poema de Miguel Hernández
Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.
Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.
Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.
La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.
MIGUEL HERNÁNDEZ
martes, 27 de noviembre de 2018
No se puede escribir poesía después de Auschwitz
No se puede escribir poesía después de Auschwitz
La frase del filósofo Theodor Adorno:
"Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie" posee la variante muchas veces oída y repetida de: "No se
puede escribir poesía después de Auschwitz". Y algo parecido sucede cuando ves de nuevo la película "El hundimiento" y te vuelves a sumergir en el horror.
Sobre un largo fundido en negro, la voz en off de una mujer
inicia este viaje tenebroso a través de la
historia. Su testimonio nos traslada al Berlín de 1945, bucea por las
estancias de un búnker sitiado por las tropas rusas y nos sitúa en la guarida -último refugio- del gran dictador.
“El hundimiento”
ofrece una inquietante sensación de autenticidad La preocupación por el rigor histórico del director, Oliver Hirschbiegel, le
llevó a recrear el búnker de la cancillería con fidelidad total, recreando su atmósfera con tanto realismo que parece que puede tocarse. A medida que avanza la película,
el espacio se vuelve gris y claustrofóbico, como el rostro de Hitler, que
adquiere una tonalidad cenicienta cuando se acerca el final.
El guión está basado
en testimonios de personas que sobrevivieron a la caída de Berlín. La voz de la
narradora corresponde a Traudl Junge,
secretaria personal del Führer, quien, una vez muerto el dictador, logró escapar
del ejército rojo y sobrevivir a la guerra. Murió en Alemania, hace pocos años. La acción del film se desarrolla a través de la mirada de Traudl,
que se convierte en el personaje principal de la historia.
Bruno Ganz encarna a
Hitler en una interpretación soberbia;
su parecido con el original, fruto de una caracterización impresionante,
llega a producir escalofríos. También resulta muy sugerente el papel de Eva
Braun, enigmática mujer que oscila entre
la frivolidad y la trascendencia en un juego de primeros planos llenos de
misterio y dobles sentidos.
Debe de ser la primera vez que el cine muestra un rastro de humanidad (o sería mejor llamarlo normalidad) en la figura del dictador. Tampoco son abundantes: unas pocas escenas que presentan a un hombre acabado, con temblores persistentes y la figura encorvada de un anciano prematuro. Una de esas secuencias "cálidas" es la que contiene una mirada de despedida entre Traudl y el Führer, o la secuencias del dictador jugando con su perro. En ese rasgo de ternura y afecto se evidencia el lado amable del monstruo, algo que atrae y repele al mismo tiempo.
Debe de ser la primera vez que el cine muestra un rastro de humanidad (o sería mejor llamarlo normalidad) en la figura del dictador. Tampoco son abundantes: unas pocas escenas que presentan a un hombre acabado, con temblores persistentes y la figura encorvada de un anciano prematuro. Una de esas secuencias "cálidas" es la que contiene una mirada de despedida entre Traudl y el Führer, o la secuencias del dictador jugando con su perro. En ese rasgo de ternura y afecto se evidencia el lado amable del monstruo, algo que atrae y repele al mismo tiempo.
En la segunda parte la acción se acelera, se vuelve trepidante, nos muestra la arrogancia
de los oficiales nazis, que se niegan a capitular ante las tropas rusas, sin
creer aún que la caída de los dioses ha tenido lugar. La confusión de última
hora trae consigo atropellados suicidios, huidas desesperadas, pero en ningún
momento signos de duda o arrepentimiento. Una de las escenas más estremecedoras es la
de Goebbels, ministro de propaganda, y su mujer, que poco antes de suicidarse
envenenan a su seis hijos con cápsulas de cianuro.
La película termina ahí, pero las heridas originadas por el
conflicto seguirán abiertas durante generaciones enteras. A partir de 1945 surgirá un
nuevo concepto de guerra que cambiará la Historia. Las barbaridades cometidas por el Tercer Reich hicieron realidad la célebre frase
de Nietzsche: “Dios ha muerto en el corazón del hombre”. “El hundimiento”
expresa de manera impecable lo que debió de ser aquella realidad, aquel horror
en el que algo se había quebrado para siempre; algo, sin duda, sutil e
inconcreto, como los hilos invisibles que conforman el alma.
Carmen Cabeza Martínez
martes, 20 de noviembre de 2018
Grease o la posmodernidad
Grease o la
postmodernidad
Desenfadada y ligera, Grease contiene una serie de referentes
metaficcionales que conforman una especie de
patchwork. Es un cóctel por la heterogeneidad de sus ingredientes (juego de
géneros que confluyen en la película: musical, comedia, melodrama, cine de
aventuras…), y es postmoderna porque la mayoría de las secuencias presuponen la
complicidad del espectador, desde el guiño al cine épico (Ben-Hur en la carrera
de aurigas versus coches tuneados por las bandas de T-Birds y Scorpions en la carrera por el canal) hasta
las referencias al melodrama de los años cincuenta, con alusiones directas a
Sandra Dee (actriz secundaria en
melodramas de género como “Imitación a la vida” o “Retrato en negro”) o a Doris
Day, la novia de América, de moral intachable, pudorosa y escrupulosamente
peinada.
En la fiesta de pijamas de las
Pink ladies, Rizzo, la chica “mala”, interpreta una canción (“Look at me, I’m
Sandra Dee) donde se verbaliza esa comparación entre Sandy (Olivia Newton John)
y Sandra Dee. También se hace referencia a Doris Day y Rock Hudson; al actor
Troy Donahue, (cuya foto aparece en el tocador de Frenchy), un guaperas alto, rubio
y bastante insulso que actuó en películas de principios de los 60 como “Verano
de amor” y se convirtió en un ídolo para las adolescentes de la época. Sandra
Dee representó papeles de muchachita ñoña, encarnando a un tipo de adolescente
dócil y sumisa.
En Grease las huellas
cinematográficas son constantes, como el inicio de la carrera de coches en el
canal, donde una rutilante Cha-Cha marca la salida con un pañuelo que se quita
del cuello en un calco de la misma secuencia en “Rebelde sin causa”, con una
adolescente Natalie Wood que hacía exactamente lo mismo. También se da una
reiteración de elementos típicos del cine para adolescentes, como el baile del
instituto, la chica buena (Sandy), las chicas malas (Rizzo, Cha-Cha…), el “musculitos”
(un irreconocible Lorenzo Lamas al
comienzo de su carrera…) Pero la cinta
contiene muchos ecos, quizá menos perceptibles, como las escenas que recuerdan
películas musicales de Elvis Presley, “Fiebre del sábado noche”, con un
Travolta que se parodia a sí mismo en su papel de Tony Manero; o
“West side story”, con
coreografías que recuerdan a la Rita Moreno
del famoso número “America”.
El resultado es un pastiche postmoderno excelente, que juega con la
tradición cinematográfica, recicla materiales ya existentes y elabora una
recreación de iconos para cinéfilos y
aficionados al cine que ha resistido
perfectamente el paso del tiempo.
Carmen Cabeza
miércoles, 26 de septiembre de 2018
VERANO DEL 74
Verano del 74
Fue la primera vez que escuché a Bob
Dylan. El año de la dimisión de Richard Nixon y la revolución de los claveles. Por
todas partes se escuchaban las rancheras de Vicente Fernández, el pueblo olía a
estiércol y aquel olor se mezclaba con la fragancia del heno, el humo de leña y
el viento de la sierra. Aire de flores y retama, un aroma a frío y flores
amarillas que se transformaba bajo la radiante luz del día. Las moscas,
inevitables, se posaban sobre el mármol del fregadero, revoloteaban sobre los
bueyes lamiendo su mansedumbre lenta, bamboleante, y volvían a formar cráteres
negros, pegajosos, sobre las boñigas.
En el pueblo todos éramos parientes
en mayor o menor grado. Los frutos de, al menos, dos generaciones de emigrantes
volvían cada verano a la meseta para secar la humedad del norte, aunque
Valverde de la Sierra
no formaba parte, en realidad, del paisaje estepario, sino que se elevaba sobre
un valle fértil, al pie de una mole caliza llamada Espigüete.
La tierra era adusta, pero bella; una tierra
umbría, patriarcal, de inviernos aciagos al acecho de perros salvajes y veranos
de siega, pastizales e intenso color a brezo en las quebradas. Los veraneantes
nos encontrábamos en el río, al borde de una poza donde sólo se bañaba la
chavalería, porque sólo nosotros podíamos aguantar sin aspavientos aquella
sensación de frío. Las madres nos repartieron por grupos las casas, y a mí me tocó dormir con mi prima Belén en la casa
del tío Santos, en una habitación que había encima de los establos, sin saber
que era la misma donde habían dormido mi madre y sus hermanas mientras duró la
guerra, aunque la guerra, en realidad, no llegó a pasar por el pueblo, porque
Valverde era una especie de limbo, un lugar apartado a donde no llegaron ni
rojos ni nacionales, y sólo de vez en cuando, a lo lejos, se oía el estallido
de las bombas, como un escalofrío. Mi abuelo Felipe, que se había librado de la
muerte por una carambola del destino, huyó de Oviedo y vino a buscar refugio en
el pueblo para evitar ser fusilado junto al muro del cementerio de San Salvador,
que era donde llevaban a “los paseados”
al amanecer.
Pero yo entonces no lo sabía. Lo
ignoraba casi todo, por eso pasé un verano feliz dedicándome a haraganear, a
remontar el cauce del río y correr por las eras. Las antiguas escuelas, donde
habían estudiado mi madre y mis tías en el 38, permanecían cerradas desde hacía
años, y nos servían de cuartel general cuando la actividad decaía o hacía mal
tiempo. A la hora de la siesta escuchábamos música en un desvencijado
radio-cassette., y allí, en aquellas aulas vacías, junto a las rancheras de
Vicente Fernández, escuché por primera vez a Bob Dylan y traduje algunas frases
de sus canciones, que traían respuestas flotando en el viento y a Mr.
Tambourine y a Sarah, y a un boxeador
tronado. Dylan decía que los tiempos estaban cambiando, pero a mí me parecía
que nada había cambiado en aquel lugar desde hacía siglos, ni en el blanco de
sus paredes encaladas ni en la rusticidad de los fogones que se abrían en el vientre de las
casas.
Nunca regresé al pueblo del abuelo.
Sin embargo, el recuerdo de aquellas vacaciones del 74, cuando aún no existía
el pantano y el valle del viejo Riaño no había sido sepultado bajo las aguas,
permanece intacto en mi memoria como la impronta del primer cigarrillo, los
primeros besos o las noches de confidencias a media voz. Vendrían más veranos y
canciones, años de luz y de sombra,
décadas que se llevaron media vida por delante, pero aún recuerdo el sabor de
la leche recién ordeñada, su densidad fuerte, compacta, una sensación
irrepetible, como la desolación agreste del paisaje o las notas de aquella
música extranjera que escuchaba por primera vez.
Fue en agosto del 74; el mismo año de
la revolución de los claveles y de la dimisión de Richard Nixon… Aquel verano
en que descubrí a Bob Dylan.
lunes, 3 de septiembre de 2018
LA LUZ DE SOROLLA
Paseo a orillas del mar, de 1909. Retrata a su mujer y a su hija caminando por la playa de Valencia al atardecer, mientras la brisa marina hace ondear sus ropas. Obra de madurez artística que muestra su dominio de la expresividad pictórica y el magistral tratamiento del color y la luz, tendencia que se llamó Instantismo o Luminismo valenciano, enmarcada en el movimiento Postimpresionista español.
Bajo el toldo, Zarautz. Refleja el veraneo elegante de las playas del norte (San Sebastián, Biarritz...) donde suele acudir la burguesía española de principios de siglo.
Exposición en Madrid. Primavera del 2018. Vestidos de época.
Madre (1895). Lienzo que conmemora el nacimiento de su hija menor, Elena. Mar de blancos entre los que solo sobresalen la cabeza de la recién nacida y la de la madre. Transmite mediante la luz y el color intensas sensaciones físicas, con la emoción tamizada en esa blancura de la que emergen las cabezas de ambas, como si todo lo demás, el mundo entero, desapareciera ante esos instantes de intimidad y recogimiento.
Después del baño (1915)
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