
Con este tiempo inclemente, me refugio del frío leyendo, de forma itinerante, varios libros a la vez. De esta manera, alterno La conjura de los necios, de J.K.Toole, con Volvieron las lluvias, de Louis Bromfield, un novelón de ochocientas páginas famoso sobre todo, por sus adaptaciones al cine. La primera, protagonizada por un irresistible Tyrone Power, fue más alabada por la crítica que la otra, pero yo prefiero la segunda versión, titulada Las lluvias de Ranchipur, quizá por el magnetismo que se establece entre la pareja protagonista: Richard Burton, uno de mis actores preferidos y la sensual Lana Turner en su época de esplendor.
Mientras tanto, Ignatius Reilly me hace reír mientras se pasea indolente por el barrio francés de Nueva Orleans y cada noche, en su rijosa habitación, escribe la gran obra maestra de la literatura universal. Poco después me sumerjo en la lluvia que anega Ranchipur, respiro el olor de la tierra, el calor sofocante de sus páginas, y continúo con las aventuras de Orsini y su brillante cosmovisión del renacimiento italiano, la sacralidad del bosque de Bomarzo, el virtuosismo de una escritura delirante... Y va pasando este febrero de fríos desapacibles, mientras me refugio en los libros y me oculto del mundo, me aletargo, me arrebujo entre cobijas y edredones y espero con desesperación que este invierno interminable se acabe de una maldita vez...



















