jueves, 8 de marzo de 2012

Yo tuve una corola...

Yo tuve una corola

tuve una flor espléndida

yo tuve una anémona

que también fue fruta de la pasión

Tuve una flor de suculentos pétalos

yo tuve una sencilla mariposa

durmiendo entre los muslos

Tuve una golondrina

Yo tuve un grillo cantando

un abejorro

tuve una tórtola

soñando entre los muslos

Pero un día

me latió un pájaro

de desconsolado vuelo

La tradición fue navaja

de un turbulento trazo

enmudeció mi grillo

la mariposa abortó su vuelo

desapareció la fruta

la corola se anegó en mi sangre

Ahora tengo un poco de nada

muriendo entre mis muslos
Poema de ARABELLA SALAVERRY (Costa Rica)
Título: Canción de niña africana

lunes, 27 de febrero de 2012

En clase

Alcánzame

los sueños

intercalados

en las operaciones de matemáticas,

los corazones pintados

detrás de los resúmenes de historia,

entre los dedos

las fórmulas,

los cálculos,

las nubes

con los besos

sin poner mordaza

a los labios que venían gritando,

sin retardar

la carrera de los pies

empujados por navajas

y además

los poemas acaramelados

y noctámbulos

que nunca escribiste

envueltos

en las horas

que has pasado pensando en mí.

Poema de Tere Irastortza (traducción de Luisana Ginea)

lunes, 13 de febrero de 2012

Instrucciones para escribir un cuento



"Los dos primeros cuentos -El rastro de tu sangre en la nieve y El verano feliz de la señora Forbes- los escribí en 1976, y los publiqué enseguida en suplementos literarios de varios países. No me tomé ni un día de reposo, pero a mitad del tercer cuento, que era por cierto el de mis funerales, sentí que estaba cansándome más que si fuera una novela. Lo mismo me ocurrió con el cuarto. Tanto, que no tuve aliento para terminarlos. Ahora sé por qué: el esfuerzo de escribir un cuento corto es tan intenso como empezar una novela. Pues en el primer párrafo de una novela hay que definir todo: estructura, tono, estilo, ritmo, longitud, y a veces hasta el carácter de algún personaje. Lo demás es el placer de escribir, el más íntimo y solitario que pueda imaginarse, y si uno no se queda corrigiendo el libro por el resto de la vida es porque el mismo rigor de fierro que hace falta para empezarlo se impone para terminarlo. El cuento, en cambio, no tiene principio ni fin: fragua o no fragua...


Y si no fragua, la experiencia propia y la ajena enseñan que en la mayoría de las veces es más saludable empezarlo de nuevo por otro camino, o tirarlo a la basura. Alguien que no recuerdo lo dijo bien con una frase de consolación: "Un buen escritor se aprecia mejor por lo que rompe que por lo que publica". Es cierto que no rompí los borradores y las notas, pero hice algo peor: los eché al olvido"


Gabriel García Márquez: prólogo a Doce cuentos peregrinos


Ranchipur existe...


Con este tiempo inclemente, me refugio del frío leyendo, de forma itinerante, varios libros a la vez. De esta manera, alterno La conjura de los necios, de J.K.Toole, con Volvieron las lluvias, de Louis Bromfield, un novelón de ochocientas páginas famoso sobre todo, por sus adaptaciones al cine. La primera, protagonizada por un irresistible Tyrone Power, fue más alabada por la crítica que la otra, pero yo prefiero la segunda versión, titulada Las lluvias de Ranchipur, quizá por el magnetismo que se establece entre la pareja protagonista: Richard Burton, uno de mis actores preferidos y la sensual Lana Turner en su época de esplendor.

Intento combatir aún más las bajas temperaturas de febrero compartiendo la lectura de las dos obras anteriores con otros títulos; por ejemplo, La esfinge maragata, magnífica obra de la olvidada Concha Espina, una sorprendente narradora que ha sido defenestrada del panorama literario desde hace décadas... Hace unos días empecé Bomarzo, obra de culto del escritor argentino Mujica Lainez.




Personajes y libros se intercalan, se suceden unos a otros ocupando su sitio en el imaginario de lo no real; conquistan, a duras penas, un espacio en ese viejo almacén donde se ubican objetos, palabras y liturgias que proceden de la ficción. Como si no existiera nada más allá de lo imaginado, tenemos que vivir otras vidas para soportar las nuestras. Somos animales narrativos que apuran sus tareas cuanto antes para poder enfrascarse en historias ajenas, lecturas, películas, realities, mundos virtuales... ¿Es tan áspera la vida que no tenemos más remedio que sumergirnos en la ficción?
Mientras tanto, Ignatius Reilly me hace reír mientras se pasea indolente por el barrio francés de Nueva Orleans y cada noche, en su rijosa habitación, escribe la gran obra maestra de la literatura universal. Poco después me sumerjo en la lluvia que anega Ranchipur, respiro el olor de la tierra, el calor sofocante de sus páginas, y continúo con las aventuras de Orsini y su brillante cosmovisión del renacimiento italiano, la sacralidad del bosque de Bomarzo, el virtuosismo de una escritura delirante... Y va pasando este febrero de fríos desapacibles, mientras me refugio en los libros y me oculto del mundo, me aletargo, me arrebujo entre cobijas y edredones y espero con desesperación que este invierno interminable se acabe de una maldita vez...

Carmen Cabeza Martínez

jueves, 19 de enero de 2012

A. Storni: "Voy a dormir"

Voy a dormir.

Dientes de flores, cofia de rocío,

manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara en la cabecera;

una constelación, la que te guste;

todas son buenas, bájala un poquito.

Déjame sola; oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido.


Alfonsina Storni


Alfonsina Storni (1892-1938), poetisa y escritora argentina, fue autora de libros como La inquietud del rosal, El dulce daño o Mundo de siete pozos, entre otros. En mayo de 1935 fue operada de cáncer de mama y, a partir de esta fecha, pasa mucho tiempo recluida y alejada de reuniones literarias. En 1936, cuando se suicida su amigo el escritor uruguayo Horacio Quiroga, le dedica unos versos que presagian su propio final. En 1938, a consecuencia del cáncer que sufría, se suicida internándose en el mar desde la playa La Perla, en Mar del Plata. La noche anterior había escrito su último poema, que tituló: Voy a dormir.

Cuadro de Wilhelm Hammershoi

sábado, 7 de enero de 2012

Viaje a Granada (I)

Lorca dijo de su Granada natal que era "...una ciudad donde el enamorado escribe mejor que en ninguna otra parte el nombre de su amor en el suelo". Juan Ramón Jiménez escribió: "Granada me ha cogido el corazón. Estoy como herido, como convaleciente..." Miles de visitantes quedan cautivos cada año de esta ciudad mágica que se extiende al pie de Sierra Nevada; la sensación de "encantamiento" es muy antigua, se inicia en la época del esplendor andalusí, se expande de forma efervescente durante el Romanticismo del XIX y continúa incorrupta hasta la fecha.


La torre de Comares (David Roberts, 1836)

Hay dos caminos que llevan a la Alhambra: el de la cuesta de los chinos y el de la cuesta de Gomérez, que es el más habitual. El primero, también llamado Cuesta del rey Chico (Boabdil) resulta más agradable si se utiliza de bajada, una vez visitada la Alhambra. Se inicia en la torre de los siete suelos, pasa por debajo del acueducto de la Acequia Real, continúa junto a un arroyo que rodea la murallas del palacio y atraviesa la torre de las Infantas, la de la Cautiva y la torre de los Picos. Al final del recorrido se llega hasta el río Darro y el paseo de los Tristes, llamado así porque era allí donde se iniciaba, en el siglo XIX, el trayecto de las comitivas fúnebres camino del antiguo cementerio. La bajada de la cuesta al anochecer es un verdadero regalo para los sentidos.



Patio de los leones (Eduard Gerhardt, 1848)

El siglo XIX supuso la exaltación de una imagen folclorista y falseada de Andalucía, cultivada por pintores, escritores e intelectuales que llegaban a España atraídos por un mito romántico: el del bello país meridional donde habitaban misteriosas mujeres y bandoleros temibles, un lugar lleno de exotismo donde se podían vivir aventuras sin cuento... "Un viaje por España es todavía una empresa peligrosa y novelesca; se arriesga la piel a cada paso; las privaciones de todo tipo, la ausencia de las cosas más indispensables de la vida, el peligro que os rodea..." De esta guisa escribía Teófilo Gautier en 1840, tras su viaje por España, abundando en esa visión romántica tan cargada de emoción y exotismo. Quizá el más conocido de estos viajeros ilustres sea el americano Washington Irving, embajador de los Estados Unidos en Madrid en el año 1826, quien prolongó su estancia en nuestro país hasta 1829 y escribió varios libros sobre España, siendo su obra más conocida, sin duda, los Cuentos de la Alhambra (1833)




La torre de las Damas (Maldonado photographs, 2010)

Irving se alojó en el mismo palacio de la Alhambra durante tres meses. Allí escribió algunos de los cuentos que después formarían parte del libro y disfrutó del encantamiento de Granada deambulando libremente por las salas nazaríes y bañándose en la alberca que hay al pie de la torre de las Damas en el calor de las noches veraniegas. El francés Próspero Merimée también se alojó en la fortaleza varios años después, viviendo como un verdadero sultán -hacía que le sirvieran la comida en el patio de los Leones- Merimée peregrinó durante tres años por tierras españolas, mientras redactaba sus Lettres d'Espagne, artículos de estilo costumbrista que enviaba periódicamente a la Revue de Paris. Su obra más célebre, Carmen, refleja de nuevo el tópico más típico de las gitanas, los bandoleros y las corridas de toros.




The Generalife at Granada. (Eduard Gerhardt, 1868)




martes, 27 de diciembre de 2011

Viaje a Granada (II)

Los muros de la Alhambra están repletos de decoración caligráfica, escrituras cursivas y cúficas que contienen versos del Corán, panegíricos que ensalzaban a los reyes nazaríes y también poemas completos, qasidas que circundan las tazas de las fuentes o forman parte de la ornamentación de las salas. Podemos encontrar poemas epigráficos en los arcos de la fortaleza, en las hornacinas paracticadas en sus muros, en las puertas de entrada a las habitaciones, en las fuentes de los patios... La Alhambra no es solo una arquitectura silenciosa; sus muros hablan y cantan, constituyen un goce estético para los sentidos y un mensaje cifrado para el visitante.

En los textos que siguen podréis encontrar, en primer lugar, un extracto del poema grabado en el borde de la fuente de la Lindaraja (o Daraxa) que fue escrito por el poeta árabe Ibn Zamrak; tras él, un extracto del conocido poema de Rafael Alberti Balada del que nunca fue a Granada, que contiene una clara referencia a la muerte de García Lorca; por último, el poema del argentino Jorge Luis Borges titulado Alhambra, que está grabado en un muro de reciente construcción adosado a una de las modernas entradas del conjunto arquitectónico (la del Generalife)


Patio de la Lindaraja


... Soy un orbe de agua
que se muestra diáfano y transparente,

un enorme océano de mármol escogido
cuyas aguas,

en forma de perlas,

corren sobre un hielo

primorosamente esculpido...

...También soy una concha,

y las gotas son perlas

semejantes a las joyas

que un artífice colocó

en la corona de Ibn Nasr...


Ibn Zamrak


Carlos Becerra Photographs


Mi cabeza cana, los años perdidos.


Quiero hallar los viejos, borrados caminos.


Nunca vi Granada.


Dadle un ramo verde de luz a mi mano.


Una rienda corta y un galope largo.


Nunca entré en Granada.


¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?


¿Quién los claros ecos libres de sus aires?


Nunca fui a Granada.


Hay sangre caída, sangre que me llama.


Sangre por los mirtos y aguas de los patios.


Nunca vi Granada.


Del mejor amigo, por los arrayanes.


Sangre por el Darro, por el Genil sangre.


Nunca entré en Granada...

Rafael Alberti



ALHAMBRA


Grata la voz del agua

a quien abrumaron negras arenas,

grato a la mano cóncava

el mármol circular de la columna,

gratos los finos laberintos del agua

entre los limoneros,

grata la música del zéjel,

grato el amor y grata la plegaria

dirigida a un dios que está solo,

grato el jazmín.

Vano el alfanje

ante las largas lanzas de los muchos,

vano ser el mejor.

Grato sentir o presentir, rey doliente,

que tus dulzuras son adioses,

que te será negada la llave,

que la cruz del infiel borrará la luna,

que la tarde que miras es la última.


Jorge Luis Borges