lunes, 11 de junio de 2018

El mundo subjuntivo de la plaza Feijoo




El mundo subjuntivo de la plaza Feijóo

Hubiera preferido iniciar mi itinerario en Uría, subir después la calle San Francisco y atajar por la Corrada  hasta la facultad de Letras. Pero lo habitual era que aterrizáramos en la estación de los Alsas, caminásemos por General Elorza hasta Foncalada y subiéramos entonces la Gascona. Allí empezaba el último tramo: un corto paseo por la  muralla  hasta doblar la  esquina de la calle San Vicente.

Ahora, volviendo la mirada atrás, creo que hubiera sido preferible  escoger  otra ruta para llegar a la plaza Feijoo.   Porque lo cierto es que  no nos urgía la prisa. Las clases nunca empezaban a la hora, y los quince minutos de cortesía se cumplían en todos los casos, curso tras curso.  Entrábamos, todavía de noche, a la primera clase. Con el transcurso de los meses decidimos fumarnos la asignatura  de Lengua y desayunar en el café Sevilla o la División Azul, una especie de búnker falangista abarrotado de estudiantes que tomaban allí los pinchos de tortilla más baratos en millas a la redonda. A las diez comenzaba la clase de Crítica literaria, con Carmen Bobes, que nos enseñaba a psicoanalizar a Kafka, en una época en que  la teoría del psicoanálisis todavía conservaba algún  prestigio.





Entre clase y clase paseaba por el Oviedo antiguo. Delante de la casa del Deán imaginaba erróneamente que se trataba de la vivienda del Magistral. Al dejar atrás la Corrada del Obispo entraba en el tránsito de Santa Bárbara, mi rincón favorito, con la torre románica de San Miguel, donde me figuraba historias bárbaras, princesas godas y conjuras palaciegas. A veces entraba en el recinto de la catedral, recorría las capillas laterales y creía contemplar el sórdido beso de Celedonio en el capítulo final de la Regenta; me parecía sentir en los labios la viscosidad de los sapos de Vetusta, mientras los pies desnudos de Ana Ozores desfilaban bajo la lluvia de un viernes santo. Algún día también creí ver a Lena Rivero en el trascoro,  entretenida en visiones místicas, con la cabeza llena de mariposas negras.






A veces, en los recreos, nos acercábamos al horno del Molinón, en la calle del Águila. Entrar allí una mañana de febrero y repostar con el olor a pan recién hecho y los bollinos calientes nos proporcionaba energía para aguantar tres horas más de clases, en su mayoría anodinas, algunas impagables, como las de Emilio Sagi, que nos desgranaba los secretos de la obra de Tennessee Williams y el teatro de Arthur Miller. O el meticuloso análisis de la Regenta que nos regaló Cachero.

Cuando hacía buen tiempo nos sentábamos ante la estatua de Feijoo, bajo la piedra de su hábito talar, arremolinándonos en el pedestal de esa figura pensativa que parecía filosofar rodeado de una corte de estudiantes que daban voces a sus pies. Luego subíamos de nuevo a clase.  Escuchábamos los versos de Chaucer recitados por Patricia Shaw, al profesor Álvarez Buylla mostrándonos los entresijos de los románticos ingleses y los sueños aliñados de opio de Coleridge o De Quincey… 






Todo aquello sucedía hace más de treinta años, en la ubicación dudosa de un recuerdo, en ese lugar anclado en la nostalgia de un tiempo inexistente. La verdad es que en ese mundo subjuntivo perduran tan solo los deseos y los desvaríos de la memoria. Pero esa percepción inexacta es lo único que nos queda. Lo único que guarda la esencia de aquellos años, cuando éramos rabiosamente jóvenes;  y algunos de nosotros tan intensos que llegamos a creernos inmortales.


Texto de Carmen Cabeza Martínez, publicado en la antología Oviedo, libro abierto (ediciones Trea, Oviedo 2016)
 

1 comentario:

  1. Inmortal es la mujer -y el hombre- cuando juega, se tenga la edad que se tenga. Mortal y moribundo es la mujer -y el hombre- que se olvida de jugar y malvive, de abulia en abulia.

    La magia de Oviedo sigue ahí, sal a por ella, siéntala.

    Y escríbela.

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