Los Chop Sueys eran restaurantes sin pretensiones, ubicados casi siempre en las plantas superiores de antiguas naves comerciales. En los años 20, sus comedores se convirtieron en reflejo de la moderna sociedad de Nueva York, que acudía allí atraída por su comida china rápida y económica. El cuadro resulta muy llamativo por la luz brillante del sol que entra desde la derecha de la imagen, centrando la atención sobre las dos mujeres. El contraste entre colores fríos y cálidos es muy potente: paredes cálidas, naranjas y ocres del perchero y las ventanas, a diferencia de los malvas y azules de las prendas femeninas... El cuadro posee una dimensión casi cinematográfica; casi se podría hablar de un plano general, con una enorme sensación de dinamismo.
Los Automats eran restaurantes de comida rápida que servían bebidas y platos sencillos a través de máquinas expendedoras de monedas o billetes (originalmente, las máquinas sólo funcionaban con monedas). El primer restaurante "automático" de Estados Unidos se inauguró en Filadelfia en 1902, y el primero en Nueva York, en 1912. A partir de ese momento, se convirtieron en una parte fundamental de la cultura popular de las grandes ciudades. Se trataba de "waiterless restaurants", lugares donde la ausencia de camareros suponía un signo más de la soledad e incomunicación de las grandes urbes, y donde la comida servida por máquinas instaura una nueva señal de despersonalización típica de las sociedades masificadas.
El escritor John Updike dedicó un poema a este cuadro de Hopper, comparándolo con una obra del pintor holandés Vermeer:
la heroína de esta habitación contempla
una carta abierta sobre sus rodillas desnudas.
Sus ojos y su cara permanecen en la sombra.
El día se extingue en el exterior, vibrante
de una circulación invisible.
En esta habitación, con sus maletas que,
cerca de un sillón de felpa verde de los años 30,
descolorido por el sol, esperan, lastimeras,
ser deshechas,
ya estuvimos antes, antes incluso que la luz
oblicua.
Por algún misterioso testigo
estamos aquí, invitados a respirar
junto a esa mujer sola
que los planos enmarcan sólidamente;
la carta, la joven cosiendo...
así es como Hopper nos dice:
yo soy Vermeer.
Se está proyectando una película en un cine elegante: terciopelo escarlata, hermosas lámparas... En un aparte, la acomodadora permanece absorta, aislada de todo, con la luz proyectada sobre ella, como si se tratara del personaje real de la película. ¿Qué secreto guarda? ¿Qué está pensando? Parece cansada, harta de su trabajo; quizá sea sábado por la noche y esté deseando que acabe la sesión para encontrarse con su nueva cita. Hay un misterio que nos intriga; una escena de película que se desarrolla mientras se está proyectando la otra película. Se mezcla la realidad y la ficción.














