viernes, 24 de febrero de 2017
miércoles, 18 de enero de 2017
Verlaine en otoño
Imagen: Connie Tom
Chanson d’Automne
Les sanglots longs des violons de l’automne blessent mon coeur d’une langueur monotone.
Tout
suffocant
et blême, quand sonne l’heure, je me souviens des jours anciens et je pleure.
Et je
m’en vais
au vent mauvais qui m’emporte deçà, delà, pareil à la feuille morte.
De Paul Verlaine, Poèmes saturniens (1866)
Los largos sollozos
Sofocado y pálido,
cuando suena la hora,
recuerdo los días antiguos
y lloro.
Y me abandono
a un viento maldito
que me arrastra
de aquí para allá,
como si fuera
una hoja muerta...
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jueves, 29 de diciembre de 2016
Cuestión de fe
Si
pudiera,
dibujaría
un paréntesis,
un
espacio que desafiara
la
dimensión mezquina de este desamparo,
esta
levedad insoportable,
la
infinita distancia que nos separa de Dios.
Si
pudiera,
haría
que tu boca – nuestras bocas-
trazaran
una helada copiosa y azul;
concebiría
un presente
quintaesencia
del sueño,
una
sucesión de eternidades
que
nos enlazara a través del tiempo…
Pero
ese poder no está a mi alcance.
Me
ignora. Me huye. Me desconoce.
No
he probado la quimera ni el prodigio,
ni
la extraña magnitud de los milagros.
Supongo
que crear no es lo mismo que creer,
y,
definitivamente,
la
fe no es algo que se pueda buscar.
Hay
que encontrarla, como un regalo, ante tu puerta.
Y,
a fin de cuentas,
ya
lo sabíamos,
nos
lo habían dicho más de mil veces:
la
fe no se alcanza a solas,
la
fe es un don de Dios.
jueves, 17 de noviembre de 2016
De la belleza literaria...
En
su ensayo La filosofía de la composición,
Edgar Allan Poe reflexiona, en unas páginas no exentas de ironía, acerca del
método más idóneo para escribir un poema. Textualmente dice:
“Muchos escritores, especialmente los
poetas, prefieren que la gente crea que escriben bajo una especie de frenesí,
de intuición extática. Pero, si echáramos una ojeada tras el telón,
contemplaríamos los entresijos, la vacilación y el artificio que, en el 99% de
los casos, caracterizan el trabajo del escritor”
Exageraciones
aparte, hay más autores que relacionan el germen de lo literario con una
función “esotérica” del lenguaje, una suerte de ciencia infusa relacionada con
términos como magia o “revelación”, que sustituye al ya periclitado “inspiración”.
CARMEN CABEZA
viernes, 30 de septiembre de 2016
Kate O`Callaghan
Mi padre, el granjero John O'Callaghan, nació en el condado de Drogheda. El abuelo Sean se había arruinado en la hambruna del 54 y murió antes de cumplir los cuarenta.
Mi madre, Rosie O'Connor, una campesina de Galway, parió diez hijos en total, pero solo seis sobrevivimos al primer año de vida.
Fuimos emigrantes. Cambiamos los verdes valles irlandeses por las resecas llanuras de Pensilvania. Tuvimos una travesía siniestra en un barco que hacía el trayecto Cork- Baltimore y, tras unas semanas interminables desperdigados por trenes malolientes, llegamos a Pittsburgh una fría mañana de noviembre. Nos instalaron en unos barracones que la compañía minera reservaba para los que llamaban "cerdos irlandeses".
La gente, por lo general, nos consideraba escoria. Los negros nos despreciaban; los blancos también nos despreciaban. No hacíamos más que trabajar durante horas y ganar una miseria. Había mucho trabajo en las fábricas, que contrataban mano de obra barata para la elaboración en serie de maquinaria ligera. Aquella fue la peor época de mi vida. Vivíamos en un suburbio rodeado de naves industriales que escupían constantemente su porquería a través de las chimeneas.
Mi hermano Johnny y yo crecimos entre el polvo de carbón de una ciudad renegrida, con el agrio sabor de la mina en los dientes, y nos juramos salir de aquel infierno al precio que fuera.
No tuvimos que esperar mucho.
Un día me encontré con Mary O'Brien, una antigua compañera que había dejado la fábrica meses atrás. Iba muy ben vestida, con la boca pintarrajeada, y me dijo que había encontrado trabajo en un antro de mala muerte en Black Street...
Texto: Carmen Cabeza
Foto : Carlos de Paz
miércoles, 3 de agosto de 2016
Un poema de Fernando Beltrán
LA GABARDINA DE MI PADRE
La que se cae a trozos,
la que uso todavía cuando viajo al norte,
como se aferra el don de un comodín.
Recuerdo que al probármela
descubrí en sus bolsillos caramelos de menta
y un papel con los últimos recados.
Miel, manzanas, dos paquetes de Kleenex,
unas pilas de larga duración
que no cumplieron nunca su promesa,
y una nota final: Librería Hiperión.
Aún tiemblo.
Mi padre que pensé no había leído nunca
los libros que escribí,
los conocía todos, me dijeron, los compraba frecuente,
me dijeron, y elegía con pausa, me dijeron,
en función del regalo y la persona
a quien quería hacérselo, su médico, vecinos,
sus amigos, a cada cual un título.
No podía creerlo.
Yo experto en sus silencios, él experto en mis fríos.
Dos buscándose, y nunca.
Así la vida
Poema del libro HOTEL VIVIR, de Fernando Beltrán
Imagen: Rafal Olbinski
viernes, 1 de julio de 2016
EL CAMINO
Roncesvalles era el presagio. El inicio. Un punto de partida que poseía la belleza de una piedra milenaria.
El verde profundo de los bosques que bordeaban el camino ofrecía sendas umbrías, tentadores recodos en los que apetecía detenerse, porque, al fin y al cabo, salirse del camino programado no solo resultaba fácil sino fascinante. Entretenerse, merodear, dibujar meandros en nuestro recorrido, era como descubrir otro viaje distinto: el del azar, el destino, el libre albedrío...
La curiosidad nos impulsaba a demorarnos por vericuetos desconocidos, a dar un rodeo y perdernos por espacios diferentes a los que figuraban en nuestra hoja de ruta.
Uno se imagina que el desplazamiento en el espacio es también un
viaje en el tiempo, un viaje que nos ofrece la posibilidad de recalar en el
medievo, respirar el recogimiento de la iglesias románicas e
impregnarnos de la sacralidad del canto gregoriano... El camino de
Santiago nos hace imaginarnos a nosotros mismos hace cientos de años, en
compañía de peregrinos occitanos, ministreles, trovadores, tedescos y
vascones, cantadeiras venidas de allende los mares, peregrinos que
compartían el pan, el vino y la olla podrida de los monasterios,
que dormían en la comunidad de las frías estancias abaciales, oliendo el humo
de las hogueras que ardían por doquier y escuchando los cantares de
gesta de boca de los juglares y de los músicos...
Ese camino
iniciático había comenzado en Roncesvalles, pero no teníamos ni idea de
dónde terminaría. Algunos pensábamos que no finalizaría jamás, que lo
recorreríamos más allá de Finisterre, más allá del océano, una y otra
vez, quizá hasta más allá de la muerte...
Carmen Cabeza
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