jueves, 9 de enero de 2014

Poema de ANA ROSSETTI

 


 IV
Apoyar la frente enfebrecida en la nublada celosía del confesionario. Enumerar los inasibles recorridos de la serpiente. Buscar un nombre para hacer cada crimen discernible. Dibujar las noches; las llagas de las paredes encaladas en las oscuridad, brillando; los colibríes enzarzados, enredando sus lenguas de pistilo bajo los rígidos almidones de mis tocas. Apoyar la frente. Abandonarse. Sentir cómo el anillo que atenaza mi corazón se me resbala por el pecho como un crisantemo decapitado.


Texto de Ana Rossetti (Virgo potens, 1994) 
Imagen: Lady Lilith, de Dante Gabriel Rossetti

sábado, 16 de noviembre de 2013

IN MEMORIAM



A la memoria de mi padre  Francisco  (1928-2013)



 Donde quiera que estés,
 recuerda 
 que a pesar de la muerte,
 seguirás existiendo,
 que estás vivo en nosotros,
 completamente vivo,
 como entonces,
 que apareces en sueños
 y te escondes de manera aleatoria
 bajo cualquier forma radiante de luz.
 Sé que continúas viviendo
 -en tu existencia de estancias abiertas-
 que sobrevivirás siempre
 en el espacio invisible
 de nuestro corazón
 y nuestra memoria.
(Fotografía de Veronika Pinke)

jueves, 19 de septiembre de 2013

QUÉ SERÁ SER TÚ


Qué será ser tú.
Este es el enigma,
la atracción sobrecogedora de  conocer,
el irresistible afán de echar el ancla en ti,
de poseerte.
Qué será la perplejidad de ser tú.
Qué el misterio, la dolencia de ser tú y saber.
Qué el estupor de ser tú,
verdaderamente tú,
y, con tus ojos, verme.
Qué será percibir que yo te ame.
Qué será, siendo tú, oírmelo decir.
Qué, entonces, sentir lo que sentirías tú.

ANA ROSSETTI

viernes, 19 de julio de 2013

FETICHE


Dimas tenía nombre de verdugo. Había algo entrañable en él, un no sé qué de enternecedor en sus desmañados gestos, en los ojos pequeños de tanto mirar hacia dentro, de tanto soñar con rubias esfinges de platino. Lo recuerdo con su torpeza habitual, sus cigarrillos interminables, la mirada perdida entre una niebla de emociones lejanas, inalcanzables...
Dimas coleccionaba imágenes de actrices rubias; también tenía una colección de encajes, ligueros y fetiches asociados a fotogramas míticos de mujeres que habían irradiado su luz dorada en las pantallas de los cines de barrio; semidiosas que le habían fascinado desde hacia tanto tiempo que el recuerdo se había perdido en la memoria...

Dimas adoraba sus iconos con devoción mística. Luego buscaba la réplica en otras mujeres de carne y hueso; buscaba una imitación dorada y curvilínea, un sustituto que recibiera el enorme peso de sus caricias almacenadas en veinte años de sueños rubios, veinte años de pasión por aquellas venus de papel de senos rosados y turgentes, años de viajes iniciáticos por las curvas interminablemente exploradas que hurgaba, penetraba, succionaba y mordía con fruición.  Deseaba aquella carne de primera fabricada en el lejano Hollywood, imitada en los prostíbulos de la ciudad vieja, en los rincones de los muelles rebosantes de ratas y melenas teñidas, de vulvas oscuras e impenetrables, de desencuentros sin número en todos aquellos años de búsqueda del grial plateado...


Recuerdo a Dimas aquella última tarde lluviosa y gris, una tarde de canalones que rebosaban bajo un cielo indefinido, como el de las fotografías veladas. Había sido un día desafortunado y sucio, como la vida de los pobres, una jornada de poca clientela y poco dinero; quizá por eso, por la indolencia pesada de la tarde, intuí el peligro alrededor de Dimas, su apariencia de víctima fácil, propiciatoria, y cuando vi llegar al Jaco con la mirada turbia de tanto meterse porquerías en el cuerpo, supe que algo iba mal, terriblemente mal. Miré a Dimas, ignorante del peligro, sus ojos de perro dulce, las toscas manos de desgastada ternura, su boca que esbozaba una sonrisa ausente... Fue entonces cuando supe que nunca le volvería a ver...

Carmen Cabeza Martínez

jueves, 20 de junio de 2013

Karen Blixen: Lejos de África


 "Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.(...)
La principal característica del paisaje y de tu vida en él era el aire. Al recordar una estancia en las tierras altas africanas te impresiona el sentimiento de haber vivido durante un tiempo en el aire. (...)  En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: "Estoy donde debo estar."


 "Para los grandes viajeros que había entre mis amigos creo que la granja tenía su encanto, porque era inalterable y allí estaba, vinieran cuando vinieran. Viajaban por vastos países y levantaban sus tiendas en muchos lugares, y les gustaba encontrarse con que mi camino seguía siendo inmutable como la órbita de una estrella. (...) Yo estaba siempre deseando irme lejos de la granja y ellos venían con el deseo de libros, sábanas de lino y la fresca atmósfera de una habitación grande y las persianas bajadas; en sus fuegos de campamento pensaban en las alegrías de la vida en la granja..."


"Había  un lugar en las colinas, sobre la primera loma en el cazadero, que yo misma, cuando pensaba que iba a vivir y morir en Africa, se la había señalado a Denys como  mi futuro enterramiento. Por la tarde, cuando estábamos sentados y contemplábamos las colinas desde mi casa, me dijo que a él le gustaría también que lo enterraran allí. Desde entonces, cuando íbamos en automóvil por las colinas, Denys decía:
-Vamos a ir hasta nuestras tumbas. (...)
Denys Finch-Hatton no tenía otro hogar en África que la granja. Vivía en mi casa entre safaris y allí tenía sus libros y su gramófono. Cuando él volvía a la granja, ésta se ponía a hablar; hablaba como pueden hablar las plantaciones de café, cuando con los primeros aguaceros de la estación de las lluvias florecía, chorreando humedad, una nube de tiza."


"Cuando  esperaba que Denys volviera y escuchaba su automóvil subiendo por el camino, escuchaba, al mismo tiempo, a las cosas de la granja diciendo lo que en verdad eran. Era feliz en la granja; venía solo cuando quería venir, y ella percibía en él una cualidad que el resto del mundo no conocía, humildad. Siempre hizo lo que quiso, nunca hubo engaño en su boca. (...)
Por las noches se ponía cómodo tendiendo cojines hasta formar como un sofá junto al fuego y yo me sentaba en el suelo, las piernas cruzadas como la propia Scherezade, y él escuchaba, atento, un largo cuento desde el principio hasta el fin. Llevaba mejor la cuenta que yo misma y ante la dramática aparición de uno de los personajes, me paraba para decirme:
-Ese hombre murió al principio de la historia, pero no te preocupes."

"Después de que me fuera de África, Gustav Mohr me escribió contandome una cosa muy extraña que había sucedido en la tumba de Denys, nunca había oído nada semejante. "Los masai -me escribió- han informado al Comisionado del Distrito de Ngong que muchas veces, al alba y al crepúsculo, han visto leones en la tumba de Finch-Hatton en las colinas. Un león y una leona han aparecido allí y se quedan de pie, o se echan, en la tumba durante mucho tiempo. (...)
Después de que te fuiste, el suelo que rodea la tumba fue nivelado, formando una especie de gran terraza, supongo que el lugar tan plano es un buen sitio para los leones; desde allí pueden ver toda la pradera, el ganado y la caza que hay en ella".

domingo, 26 de mayo de 2013

EL ALBA


El alba nace.
Manos de lluvia
extienden su aliento vegetal
desde valles colmados por la niebla.
A través de caminos invisibles
avanza hasta mi puerta
el olor penetrante de la tierra,
la exquisita tersura de las hojas,
la gravedad silente de la piedra.
El alba detiene ante mis ojos
su cauce húmedo
-un rastro que procede
del intenso aroma de los robles,
del fulgor de la noche,
de los antiguos bosques milenarios-


y viene,
como isla amanecida,
a aplacar la inquietud de mi sangre.
El alba es una isla,
región solar que desentierro
hasta encontrar la densidad
de su materia fértil,
la memoria sumergida
a través de la hiedra.
Y vuelven viejas voces
que me embriagan ahora,
cuando me tiendo,
cuerpo a cuerpo
con la tierra,
el centro de gravedad
atrayéndome al núcleo



-a lo más profundo-
y siento las raíces
trepando a mi cintura,
atándome,
sujetándome a la tierra
de cuerpos en cenizas,
de peces en tinieblas,
de sangre silenciosa...
Y me invade un silencio
de gargantas antiguas
que me transforman en barro,
en trigo candeal,
en hierba,
en olorosa viña que me cubre,
encinta,
grávida,
gestante...

Carmen Cabeza, La tierra y el alba (2008)
Cuadro: Amanecer, Claude Monet (1872)
Foto del centro: Christopher Burkett (1991)

jueves, 18 de abril de 2013

FARMACIA DE GUARDIA

 FARMACIA DE GUARDIA
(Poema de Carmen Martín Gaite)

No es Valium ni Orfidal,
no me ha entendido.
Se trata de la fe. Sí: de la fe.
Comprendo que es muy tarde
y no son horas
de andar telefoneando a una
farmacia
con tales quintaesencias.
Lo que yo necesito
para entrar confiada en el vientre
del sueño
es algún específico protector de
la fe.
¿Que le ponga un ejemplo más
concreto?
Pues no sé... Necesito
creerme que este saco
cerrado por la boca
y en cuya superficie
se aprecia la joroba
de envoltorios estáticos


puede volver a abrirse alguna vez,
a provocar deseos y sorpresas
bajo la luz del sol y de la luna,
bajo el fervor clemente
de los dioses del mar.
¡Oh, volver a sentir lo que era
eso!
(...)
Ya. Que no tienen nada.
Pues perdone.
Comprendo que es muy tarde
para hacerle perder a usted el
tiempo
con tales quintaesencias.
Ya me lo figuraba.
Buenas noches.

Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925- Madrid, 2000)
(Fotografías de Anka Zhuravleva)